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En perspectiva los urbanitas de la novísima Ciudad de México tenemos frente así, el debate sobre las leyes secundarias de la constitución que rige y regirá los destinos de nuestra ciudad durante los próximos 30 años. Ante tal perspectiva consideramos necesario debatir entre otras cosas nuestras posturas sobre la democracia directa, la democracia participativa y los más variados temas que nos conciernen. Así es como compartimos fraternalmente el siguiente ensayo colaborativo entre la 06600 Plataforma Vecinal y Observatorio de la Colonia Juárez y culturasmetropolitanas.org

Pablo Gaytán
Sergio González

Cuando leemos las definiciones de democracia directa y participativa en la primera constitución de la Ciudad de México, suspiramos porque sobre el papel pareciera que vivimos y viviremos en una Ciudad Plena, Democrática y Justa. ¡Ojala y fuera así de simple la realidad urbana!

Recordamos inmediatamente cómo el espíritu de esa democracia de entrada ya ha sido violada debido a un conjunto de hechos recientes de los cuales mencionamos solamente un par: los cotidianos desalojos de inquilinos y poseedores de viviendas en distintos rumbos de la ciudad; el desalojo violento de los indígenas ñañu en la calle de Roma No.18 en la colonia Juárez; las reacciones racistas y de discriminación social contra indígenas y migrantes réplicas descontextualizadas al mero estilo Trump, el robo del recurso e incumplimiento a un año y medio de la tragedia del programa y ley de reconstrucción en contra de los damnificados del #19S del 2017; la permanente violencia de género que asesina y mutila con crueldad desmedida cuerpos junto a aquella que ejercida por profesores en las universidades y centros de educación media; las formas de gobierno autoritarias en las distintas instituciones gubernamentales y sindicatos, la ausencia de derechos laborales en las instituciones públicas y las empresas privadas, y la mercantilización del espacio público entre otros ejemplos.

En suma, lo que existe hoy día en la Ciudad de México es una doble realidad urbana, en donde, de un lado, en la constitución yace un espíritu democrático muerto y del otro, en la realidad, los ciudadanos y grupos sociales simplemente están excluidos de toda posibilidad de decidir sobre su destino, ya que las instituciones estatales y los poderes económicos les impiden o obstaculizan con eficiencia milimétrica tal posibilidad.

Esta contradicción entre leyes escritas y la terrible realidad nos lleva entonces ha preguntar sobre la comprensión de ese espíritu democrático por parte de los urbanitas comunes; las posibilidades de una democracia vía la necesidad de una praxis democrática en la vida privada, la vida pública y la esfera estatal; y particularmente sobre cómo los ciudadanos sin brújula podríamos actuar frente a la situación de la lacerante realidad urbana, dominada por los intereses inmobiliario-comerciales de la acumulación por despojo, y mecanismos de participación y vida democrática secuestrada intereses particulares, tribus de partidos políticos y sus clientelas, entre otros actores. En esa perspectiva; la democracia sigue siendo una aspiración mientras no superemos la democracia definida a partir de un conjunto de “procesos” y “procedimientos” definidos tentativamente en la constitución local, bajo la práctica y control de los mencionados actores estatales y privados. Y es que sobre el papel la democracia participativa es una democracia procedimental, véase la complicada reglamentación, los mecanismos burocráticos, las reglas, las normas de participación administradas por los funcionarios que encabezarán el IECDMX, el tribunal electoral, el congreso local, las alcaldías, y peor aún los cabildos y sus concejales.

Otro ejemplo es el ejercicio de solicitud de firmas para aquellos ciudadanos interesados en inscribirse como candidatos independientes en ocupar cualquier lugar de representación ciudadana, los tramites, requisitos, mecanismos de rendición de cuentas y sus respectivas multas, los porcentajes del padrón electoral para validar la demanda de un referéndum o plebiscito, o simplemente el mecanismo para solicitar una consulta, entre otros procedimientos agotadores que sólo pueden cumplir los ciudadanos afiliados a algún grupo de interés. Estos procedimientos en lugar de convertirse en un aliciente para la participación parecen diseñados para producir desanimo, desinterés y pasividad entre la ciudadanía, dando lugar a la privatización de la democracia.

Muy al contrario del espíritu del papel constitucional que en muchos articulados sobrepasa positivamente la expectativa, en la urbanita realidad cotidiana, el ejercicio de la democracia participativa y directa cuando existe, se reduce al movimiento de funcionarios y ejércitos de profesionales de la política, lo cual termina por burocratizar y desvanecer su débil emergencia poniendo en riesgo su inmediato futuro emergente al sucumbir ante la tentación de colocarla al servicio de intereses hegemónicos público-privados.

Pero el público lector se preguntará, ¿Qué el ponente no se está adelantando a los hechos, acaso tiene una esfera mágica en donde ve el futuro, no vale la pena jugar el juego del otorgar el beneficio de la duda?, tal vez dirán que somos escépticos. Y sí, lo anteponemos a convertirnos en ciegos entusiastas o simples ilusionistas que ante sus ojos ven solo lo que quiere ver, escuchan solo lo que quieren escuchar, lo que desea él y sólo él. Pero este escepticismo es entusiasta también, ya que desde lo más pequeño se trabaja por y para contener la burocratización racional de la democracia participativa en el entendido de que resulta necesario ejercitar por un lado, la autoformación política ciudadana y la pedagogía de hacer vida democrática en la vida social, sea en el vecindario, el espacio público, también desde la casa, en la reacción ante la catástrofe y desde la prevención del riesgo en una ciudad lago. Y por otro; la acción política colectiva y la suma aliada con otros desde las más radicales diferencias para imponer límites a los funcionarios y la clase política profesional tomando el destino colectivo en nuestras manos, esa sí que es una aproximación a un ejercicio serio de intento de incidencia directa, por el derecho a la ciudad, la defensa de territorio y la búsqueda de prevalescer. La ciudadanía hace la polis más allá del territorio.

Lo anterior significa que los ciudadanos interesados deberíamos promover desde lo más pequeño, la cuadra callejera, la emergencia de una identidad ciudadana urbanita, ya que los liderazgos partidistas no lo harán. Ello significaría un logro político para quienes participemos desde la base territorial. La identificación de los problemas comunes, su dilucidación y la toma de decisiones en el ágora urbana dará paso a una identidad colectiva demandante y legítima frente al gobierno local y federal, desde las bases y sin mediaciones partidistas. Esa es una democracia directa e intersticial urbanita.

Esta puesta en marcha de democracia directa solo es posible a partir de una hegemonía de alianzas. Es decir, en una política que reconoce a los diversos actores, como ya lo hemos planteado en nuestra propuesta del tercer socio en el ámbito de la resolución de los problemas vecinales. Asimismo apuesta por la relación entre iguales, allá abajo, entre vecinos, trabajadores precarizados, artistas sin recursos, promotores culturales sin barco, creactivistas sin salario, entre otras figuras urbanitas dispuestas a tomar el destino en sus manos. Porque una cosa es hablar retóricamente y otra, es hacer y crear cotidianamente. Lo que planteamos a partir de hacer y activar la democracia directa desde la base territorial es tomar distancia frente al Estado desde dentro del Estado mismo. A partir de una práctica del ejercicio de los derechos establecidos en la ley, por cierto debatida por los urbanitas, lo cual significa motivar la acción política y la praxis como una actividad consciente y explícita que a toda hora reconoce la política como linterna orientadora de vivir plenamente en la polis.

La democracia directa sería la actuación desde los afectos, las redes solidarias y de confianza que abonan al ser y estar más seguros, las alianzas cooperativas con grupos de convivencia y afinidad que, desde la sociedad fisuren la porosidad y deformen materialmente el poder de la burocracia estatal que amenaza con saturar los procedimientos y por lo tanto limitar la participación democrática, el objetivo debe siempre ser impedir la creación de intereses patrimoniales, la balcanización territorial de grupos de interés y la privatización burocrática de los bienes comunes.

Es urgente entonces promover alianzas y coaliciones ciudadanas de base no partidista, con el fin de trabajar en común a distancia, pero también activando mecanismos de cogobierno con el Estado. Trabajar en pos del control del presente y futuro colectivo del lugar desde donde hablamos y actuamos; nuestros territorios barriales para planifícalos, re-ordenarlos e incidir sobre el uso y vocación del suelo, equipamiento e infraestructura urbana, medioambiente, entre otros. Nuestras escuelas, centros de trabajo, colectivos, ocupaciones, etcétera, pero sobre todo desde ágoras ciudadanas como espacios de acción, debate, toma de decisiones colectivas, e incidencia e implementación de acciones que promuevan encuentros físicos y virtuales que emerjan detrás de pantallas de luz y en plazas y jardines en donde vecinos e usuarios de un territorio especifico practiquen ciudadanía, debatan, tomen y ejecuten decisiones para con muchos otros sectores y actores públicos, privados, académicos, ongs, comerciantes, y un amplio etcétera de suma de otros co-crear la polis.

Para lograr alguna prefiguración de la democracia directa que deseamos es necesario trabajar juntos en situaciones singulares –elaborar el proyecto de un jardín o un parque, debatir hacía donde invertir los recursos territoriales, sean financieros o infraestructuras-. Democracia directa sería la articulación de espacios diversos, dispersos en un pueblo, barrio, colonia popular o zona residencial, que van de lo lúdico a lo formativo, dotados de un carácter persistente y consistente. Prefigurativamente, la democracia directa que soñamos se expresa con contundencia en las localidades urbanitas formando un mapa rizoma-vecinal-ciudadano-laboral-creactivo, en donde todos los urbanitas estamos sin excepción incluidos desde nuestras afinidades y diferencias.

En suma, la democracia directa desde lo básico y la base, tiene como características; afinidad, autonomía, ética de la demanda infinita, encuentro de afinidades y no de diferencias, elucidación de los temas que le conciernen y afecta a los grupos elásticos, deliberación y toma de decisiones en pos del bien común, del bien mayor construido colectivamente, para promover la optimización del uso de los recursos y la materialización de nuestras aspiraciones y deseos desde visiones diversas.

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