Antonio Nieto Cuevas

“World Power Alliance fue diseñado para unir las mentes del mundo. para combatir la mediocre programación sonora y visual con la que los habitantes de la tierra son alimentados, ésta programación estanca la mente de las personas y levanta una pared entre las razas y la paz mundial…”
Underground Resistance: World Power Alliance, 1992.

Performance realizado en el cerro del elefante, Ixtapaluca, Estado de México, con motivo del viernes santo y para participar en One minute Series, Colón: Culo o Conquista, curado por Dick Verdult Manifesta 2016, Amsterdan

Para muchos de los que nacimos en los años ochenta en alguna periferia citadina, la música que escuchábamos, se alternaba entre las melodías que interpretaban los teporochos, las canciones de los puestos en los tianguis y los ritmos que impregnaban la colonia que transmitian los bailes sonideros o las tocadas punkrocaronleras. Recuerdo que en esa época, en un lote baldío cerca de mi cuadra, en la colonia Providencia del Valle de Chalco tocaba el Sonido la Changa y todos los sábados por la noche llegaba a mi
casa una hermosa música.

No sabía de géneros, estilos, tendencias o modas, y me limitaba a disfrutar lo que se escuchaba en el barrio, transitando de la ranchera al high energy, del rock sicodélico a la rumba, del huapango al surf, de la música barroca al punk, del rap al sanjuanito, del danzón al house. En esta especie de limbo rulfiano, era difícil casarse con la idea de que existían distintos géneros musicales, sólo era música y nunca parabas de escucharla.

En los noventas llegaron la adolescencia y los planes de desarrollo, había que sacar al país de la pobreza y así la colonia le dio la bienvenida a la electricidad, agua potable y los impuestos. Mis primeros casettes fueron uno de Mike Laure que le compre a “la Jarocha”, amiga de mi mamá y esposa del “Jarocho”, ilustre miembro del “Escuadrón de la Muerte”, colectivo de borrachines dispuestos a tirar el hígado y el bofe a media calle; “los Jarochos” desaparecieron del barrio después de que les robaran a su hijo, Camilito. Otra cinta memorable fue el Cosmos Factory de los rancheros sicódelicos, Creedence; que me diera el “13”, veterano carterista y consumidor recurrente de cemento 5000, en una de sus visitas al taller de reparación de zapatos de mis padres.

A finales de los noventas e inicios de los dosmiles, mientras muchos de mis amigos escuchaban a los Fabulosos Cadillacs, Megadeth, Nirvana o Cipress Hill, yo volví a la búsqueda de esas misteriosas melodías que me arrullaban en mi niñez. Para encontrar estos ritmos, me aventuraba en las caminatas nocturnas en el barrio hacia los bailes sonideros, acompañado de una turba iracunda y una muchedumbre enardecida, formada por adolescentes tardíos, adultos prematuros y morras adictas al baile; pasábamos las noches en fiestas de quinceaños en la vía pública escuchando al sonido que le llevaron a la festejada. En estas alegres y tristes fiestas lo mismo escuchábamos a Eduardo Zurita que a Giorgio Moroder, a Los Ramones y a la Sonora Matancera, los Cadetes de Linares y a Ricardo Suntaxi, al grupo Celeste y a Pato Banton, a Ramstein y los cañones de Navarone, a los Trashmen y al Gran Combo, ¿qué más podíamos pedir?, mientras, ese tecnochamán llamado Sonidero nombraba a cada grupo, pandilla o gremio ahí presente, como dentro de un canto nómada post-apocalíptico.

En la universidad era suicidio social decir que te gustaban los Mirlos y que los preferías sobre los Pixies o Radiohead. Fue en esta etapa donde conocí los sectarismos musicales, los fanatismos melódicos y la segregación rítmica. Me da una inmensa tristeza ver punks golpeando emos y escuchar que metaleros se ponen de acuerdo en las redes sociales para agredir reaggetoneros. Particularmente prefiero el reaggetón, donde con un simple movimiento de caderas basta, para evidenciar la mojigatería contemporánea.

Actualmente puedo disfrutar de un disco de King Tubby, seguir con Polibio Mayorga, escuchar a Arturo Meza y terminar con 1200 mics. Creo en los postulados de John Cage y en los mantras sonoros; se me salen las lágrimas al oír al Acapulco Tropical o a las Palomas, y me da un inmensa flojera escuchar músicos de conservatorio interpretar danzones; prefiero mil veces un sólo de guitarra al estilo de Los Destellos, que esas diatribas virtuosistas de John Petrucci y compañía.

Sonidero Marginal inició como un proyecto de investigación en torno a las ritualidades contemporáneas, la cuestión de mandar saludosde los sonideros me evocaba un poco a los cantos chamánicos.

Posteriormente me he dedicado a coleccionar acetatos enfocándome principalmente en grupos de música denominada por algunas personas como chunda. El proyecto busca insertarse en canales de circulación popular sin caer en la demagogia sino proponer nuevas aproximaciones a diversos géneros musicales y utilizar el baile como una forma de resistencia desde lo corporal.

Sonidero Marginal cree que la vida sin música no sería vida, que la vida es ritmo, que el silencio no existe y como dijera el padrino del Funk, George Clinton: la nación del ritmo no tiene fronteras y no exige visa ni pasaporte.