En “La profanación del arte” de Roger Kimball se lee que: “La experiencia del arte, como la de muchas cosas humanas, es esencialmente un experiencia de las superficies, de lo que se presenta a la vista. Tratándose de tales realidades, el esfuerzo de mirar detrás de la superficie frecuentemente no proporciona una mayor profundidad, sino una distorsión”. (p.177) ¿Qué podría decirse de estas obras y de los artistas que las han hecho? Deben verse las imágenes que, con calidad indudable, han representado a los guerreros del cuadrilátero.

Imaginaciones invictas. Andrés de Luna

Desgraciadamente la supuesta “teatralidad” inherente a los combates en la Lucha Libre ha traído como resultado un cierto desprecio y descrédito por diversos sectores académicos para estudiar el fenómeno más de cerca y adentrarse en él. Sin embargo, esta actividad (nombrado como el “teatro de la teología a topes” por el cronista por antonomasia de la ciudad, Carlos Monsiváis) ha demostrado tener desde sus inicios un gran poder de convocatoria, seducción y arraigo, permeando la sociedad mexicana hasta un punto tal de presentarse como una genuina expresión de identidad cultural, muy en particular para los que vivimos en la Ciudad de México (a mediados del 2018 el Gobierno de la ciudad nombró al arte del pancracio como Patrimonio Cultural Intangible de la CDMX).

Seducidos de nueva cuenta. Juan Carlos López

La lucha libre es un juego trágico en el que se arriesga parte de su ser, que ante la derrota no sólo puede perder la simpatía del público sino también el cinturón, la cabellera y, lo más valioso, la máscara ese artilugio mágico que le da carácter y significación simbólica a su función como chamán.

Las máscaras que muestran nuestro rostro. Antonio Nieto