Por Juan Carlos López

«…el rito de la pobreza, de los consuelos peleoneros dentro del gran desconsuelo
que es la vida, la mezcla exacta de tragedia clásica, circo, deporte olímpico,
comedia, teatro de variedad y catarsis laboral»
– Carlos Monsiváis al describir a El Santo
en “Los rituales del caos”

“El arte es seducción, no rapto” – Susan Sontag

En febrero del 2018 se presentaría en la Facultad de Artes de la Universidad Central del Ecuador una colección de obras elaboradas por los más destacados artistas del grabado en México, las obras giraban alrededor de un tema por demás suigéneris para la mayoría de los participantes: la tradicional Lucha Libre mexicana.

La exposición se titulaba “Lucha Libre sin límite de Tiempo” y resultó ser muy novedosa y original para el público de aquel país (la exposición la complementaban una serie de parafernalia original como afiches y máscaras, llegando posteriormente a México meses después). Para el organizador y promotor del proyecto, el artista visual Fernando López, llevar el vistoso mundo de la Lucha Libre y sus exponentes a la cultura de tipo “académica” fue todo un reto, no solamente para el sino para los propios grabadores, quienes pudieron contrastar por vez primera sus estilos con los valores semióticos y visuales que se mueven alrededor del llamado deporte-espectáculo. El público de toda la vida de la Lucha Libre en México, por su parte, pudo conocer de cerca cada uno de los trabajos que conformaban esta exposición a través de la tradicional revista “Box y Lucha” que por vez primera dedicaba unas páginas de su octogenaria revista al arte del grabado.

La estética de la Lucha Libre

Desgraciadamente la supuesta “teatralidad” inherente a los combates en la Lucha Libre ha traído como resultado un cierto desprecio y descrédito por diversos sectores académicos para estudiar el fenómeno más de cerca y adentrarse en él. Sin embargo, esta actividad (nombrado como el “teatro de la teología a topes” por el cronista por antonomasia de la ciudad, Carlos Monsiváis) ha demostrado tener desde sus inicios un gran poder de convocatoria, seducción y arraigo, permeando la sociedad mexicana hasta un punto tal de presentarse como una genuina expresión de identidad cultural, muy en particular para los que vivimos en la Ciudad de México (a mediados del 2018 el Gobierno de la ciudad nombró al arte del pancracio como Patrimonio Cultural Intangible de la CDMX).

Desde su nacimiento dentro de la imaginería popular mexicana hasta nuestros días, la Lucha Libre ha ido formando una estética muy propia, una identidad semiótica y gráfica muy a la idiosincrasia del mexicano: se ha ido formando muy instintivamente a través del diseño de las máscaras, los carteles de las funciones, las fotonovelas, las historietas y hasta en las figuras de luchadores que se venden en mercados públicos.

Y es que desde hace tiempo que las llaves, las acrobacias y los peligrosos saltos dejaron el ring para instalarse muy exiotosamente en otros quehaceres sin dejar a un lado sus orígenes populares. En el cine nacional, por ejemplo, se instauró el subgénero fílmico de luchadores con el estreno de cuatro películas teniendo ya a la Lucha Libre como trasfondo argumental: “La Bestia Magnífica”, “Huracán Ramírez”, “El Luchador Fenómeno” y “El Enmascarado de Plata”, todas ellas estrenadas en 1952. Todavía tardaría unos años más, en 1958, para que la lucha exigiera entonces ya su lugar dentro de la próspera industria fílmica de México de aquella época con la aparición de las películas protagonizadas por El Santo, cuyos largometrajes definirían el género con su muy particular estética kitsch y encumbrándolo no solamente como el luchador más famoso en la historia sino también como uno de los iconos de la cultura mexicana del siglo XX.

La etapa luchística del cine mexicano se enfocaría de esta manera en contar historias entre la ciencia ficción y la fantasía, realizadas con bajo presupuesto y técnicas básicas en efectos especiales, enfrentando a nuestros luchadores contra científicos locos, vampiros, zombis, hombres lobo y sin olvidar claro a las momias (preferentemente de Guanajuato) dándole entrada a más exponentes del encordado como Blue Demon, Mil Máscaras y Tinieblas. El concepto visual estaba ya más que definido.

A ras de lona, segunda caída

Apenas pasaron un par de años para que se volviera a emprender el segundo proyecto conjuntando la lucha y el grabado. De nueva cuenta los artistas fueron seducidos por la magia de la Lucha Libre. ¿Qué lecturas darán en esta ocasión a las distintas personalidades del encordado que toman parte? ¿Qué sensibilidades y reflexiones estéticas estarán presentes?

Prepárense para ser sorprendidos.

Bibliografía
¡Quiero ver sangre!: Historia ilustrada del cine de luchadores. Raúl Criollo. UNAM