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Pablo Gaytán Santiago

Todas las razones para derrocar al sistema están allí. La desigualdad social, la explotación de millones de seres que sobreviven al día, la corrupción generalizada de la clase política, la debacle moral de las clases dominantes, la violencia que destruye comunidades, la represión contra toda forma de disidencia política, la desaparición de miles de jóvenes, el despojo del territorio de familias urbanas y comunidades indígenas, la guerra civil molecular protagonizada por bandas paramilitares, la injusticia. Pero estás no son las razones que hacen posible la revolución, ni mucho menos del voto un medio para cambiar el estado de cosas como lo demostraron las elecciones de 1988, 1997, 2000, 2006, 2012 y como lo demostrará éste 2018. Ese medio siglo de traumas y derrotas políticas demuestran que los cambios no se deben a las evidencias del oprobio o la democracia procedimental sino a los cuerpos. Y éstos yacen no precisamente del otro lado de las barricadas, sino agazapadas detrás de las pantallas.

Rompamos los cristales de las pantallas para colocarnos de éste lado de la realidad. Para hacer sonar el ruido del mundo, desde la vida cotidiana que escapa del “encapsulamiento” impuesto por los emprendedores de las consciencias y de los capataces de la movilización. Pero no para sumarnos a las marchas fúnebres que celebrarán el medio siglo del trauma 68, ni a las concentraciones en las plazas en apoyo de tal o cual líder que regala banderines con el logotipo de su empresa política, tampoco deseamos elegir al amo a través de un voto. A contracorriente nosotros hablamos siendo dueños de nuestro destino frente a la confusión generalizada, esa estrategia que dispersa las voluntades en busca de salidas. Danzamos por arriba y al lado de la máquina social.
¡Espera de rodillas!; ¡no, gracias!

En el ambiente de quienes a través del grito buscan el voto de las masas zombificadas, la palabra esperanza les convoca literalmente a “esperar de rodillas” de acuerdo a su origen latino. Cuando cualquier político de cualquier color nos demanda tener esperanza, ya que él y solo él nos llevará a los nuevos tiempos dorados, nos esta solicitando no ver lo que está allí, conmina a voltear hacía su figura con un claro temor a irrumpir en el presente. Nos demanda temerle a la vida.

Los políticos de la espera pretenden que sus interlocutores se mantengan al margen del proceso político para no tener que asumir sus resultados. Terminada la espera, es decir, las elecciones del nuevo Rey Sol, el público regresará efectivamente a sus actividades obedientemente, asumiendo el mayor despotismo imaginable, es decir el gobierno paternalista en turno. Para cualquier integrante de esas masas movilizadas la espera significa desear que las cosas sean de otra manera sin buscar los medios para transformarlas. Odia el estado de cosas, tiene un gran malestar pero no busca derrumbar el origen de su malestar. La espera es la conducta cobarde que delega su destino al otro, al caudillo, al líder, al dirigente, al político corrupto.

La esperanza, es cultivada pacientemente por los escuderos del poder, con una pedagogía de la espera diseminada en las aulas de las escuelas, en las oficinas burocráticas, en las redes sociales, en el trabajo, en los partidos políticos y en la familia. Tan efectiva es la dosis cotidiana de la espera que termina por ser el mejor combustible del orden reinante. Esta pedagogía la operan los medios de comunicación y las redes sociales, la cual consiste en evocar y provocar a las masas pluralizadas, presentando propuestas nuevas cada día, a cada hora, para que estas se exciten, se indignen, eleven su autoestima, se llenen de envidia, se exalten: una multitud de posibilidades que apuntan al sentimentalismo, el miedo y la indiscreción de sus miembros. Así, los hombres y mujeres reciben como si fuera una orden frases como “mañana habrá solución”, “aguanten”, “en el gobierno que entra”, “tengan paciencia”, “no mas corrupción”, “con ya sabes quien estaríamos mejor”, retórica de la espera que atornilla en su banca a millones de audiencias. La esperanza significa orden y progreso.

Este cultivo del sentimiento de impotencia individual y colectiva contribuye a que las masas individualizadas huyan del ahora. Estas practican cotidianamente el aplazamiento de sí mismos, de su estar en el mundo de otra manera, suponen por ejemplo, que tendrán una mejor vida cuando tengan el mejor salario, o se gradúen en algún doctorado. Todo viene solo con desear que así será atenazados por la inmovilidad de la paciente espera.

La pedagogía social y política de la espera obliga al sujeto a desertar del aquí y ahora, ya que reconocer su nuda condición lo llevaría a tomar decisiones. Si fuera así tendría que ingresar al mundo interior del conflicto existencial y social, lo cual le expulsaría de su confort, caería en la deriva, en donde no hay asistencia de aplicación alguna. Entonces lo mejor para éste es instalarse en la espera demandada por su líder en turno, quien le proporcionara su play list existencial. Asume una vida encapsulada y asistida electrónicamente, fragmentada, mientras su cantante o político favorito unifican el mundo escindido en el que yacen.

Y esa es la tarea que se supone hacen los integrantes de la clase política cuando intentan suturar los fragmentos de la realidad para crear una nueva prenda a la medida de una inexistente nación. Lo intentan cuando sientan en sus mesas juntos a cristianos, socialdemócratas, viejos comunistas, guerrilleros arrepentidos, empresarios super-explotadores, caciques ligados al crimen organizado, exfuncionarios corruptos y enriquecidos con el erario público, defraudadores electorales, un bricollage políticamente mercantil que terminará en guerra molecular por el control de los negocios en nombre del pueblo.

Esa perspectiva de guerra molecular resulta de la fantasía narcisista del político esperanzador. En realidad lo que ocasiona la pulsión de unidad, es una sálvese quien pueda; para el oportuno político de color cambiante significa salvar la parte del queso que le corresponde. Ya no hay salvación común pero se invoca dicha salvación en voz de la unidad. Esperanza y unidad son dos palabras claves de toda demagogia de los hombres grises que dan vida al camaleón político.

Campaña de represión política

Actualmente la represión política, no se le puede llamar de otra manera a las pre-campañas y campañas políticas en curso, construye un sistema de estrés cuyo éxito se basa en que los oprimidos prefieren encontrar formas para prevenir el estrés –hablamos de obediencia, rendición, vigilancia- antes que declarase por la rebelión y la revolución. Esta opción de los oprimidos se deriva de la continuidad histórica del despotismo resiliente del sistema, ya que mediante el asistencialismo, las gratificaciones, las concesiones, los accesos a los recursos públicos, las disciplinas, ha cerrado el paso a cualquier insubordinación, y cuando llega a suceder alguna ruptura, por mínima que sea, la represión produce la desaparición de los cuerpos indisciplinados.

Por esos motivos, las mayorías silenciosas, con el seño fruncido, prefieren dócilmente esperar con la gorra del camaleón en la cabeza, y el banderín de su acarreador en la mano; otros segmentos de la población están inmovilizados pero frente a las pantallas, inyectados de miedo en los ojos; y unos más, de plano se dispersan, para exiliarse en la evasión permanente, protagonizando una especie de desaparición de sí. En su conjunto las diversas formas de (des)movilización confluyen en el cauce de la restauración del orden.

La sociedad es entonces una suma de individuos sin contacto. Es la anti-frasis social que no permite la experiencia común. Que solo encuentra comunión nacional después de una catástrofe natural o del triunfo de la selección nacional de futbol. A veces la cohesión la produce el duelo político convertido lastimosamente en triunfo imaginario; 1968, 1988, 2000, 2006, 2012 y el que viene. Una comunión degradada en trauma que no encuentra salida, salvo la ilusión sentimental.

Pero también las elites pacifican mediante la protesta. Ante una protesta magisterial, popular, campesina, urbana, universitaria o urbana, la burocracia en el poder demuestra su buena voluntad negociando al margen del derecho e incluso sin violencia. De manera eficiente de un día para otro, se levantan plantones, se suspenden marchas, se desalojan voluntariamente ocupaciones de edificios públicos o bloqueos de las vías de comunicación, el fenómeno se debe a que los peticionarios siempre están dispuestos a que el dador de lo que sea su voluntad, le otorgue una dádiva. Se trata de un fenómeno de neutralización de la protesta en la “democracia peticionaria”.

A veces, cuando el camaleón político tiene a las puertas del palacio a los grupos rebeldes, recurre a la política del “encapsulamiento”. Con esta política mediático-policial estigmatiza al rebelde convirtiéndolo en delincuente; al disidente lo detiene, lo amenaza, lo chantajea, lo extorsiona, lo encierra, lo vigila, para dar cerrojazo, como única vía de gestión del conflicto. Entre otras cosas, aplican “el derecho penal del enemigo” . Asestado a todos aquellos que atentan contra le estructura normativa de la sociedad. Mas allá de las actuales discusiones de la ley de seguridad interior, lo cierto es que esta ley se viene aplicando desde hace tiempo y se aplicará cada vez de manera mas eficiente.

Ante la desorientación política impuesto por el caos, manifiesta en la disgregación de las instituciones, en la muerte de la política, hay un mercado perfectamente rentable para las potencias infraestructurales y los gigantes de Internet. Por esa razón, ellos son los mas interesados en promover la denuncia de la corrupción de los políticos, estas empresas son las que verdaderamente orientan la participación política y el voto; juegan con sus audiencias y usuarios y además ganan dinero. Las mueven, las miden, las valoran, las inducen, las orientan, las ilusionan, para dejarlas siempre colgadas pero contentas y cuando se deprimen, les envían masajes emocionales. Este Complejo de empresas digitales y electrónicas finalmente son las que crean la ilusión de unidad. El orden electrónico es estructurado sin conceder el contacto real entre los usuarios, y cuando ello sucede, los usuarios se agreden, se violentan. Todos reclusos en su burbujas digitales.

Muerte de la Política.

Como sabemos en nuestras sociedades de castas, la vida política gira en torno al Rey Sol en turno. Llámense Tlatoanis, Virreyes, Caciques, presidentes o secretarios generales del partido la historia siempre es la misma; los cortesanos y escuderos lo ungen, lo legitiman, le satisfacen su avidez, cuidan de no hacerle enojar. El Jefe reparte favores, da concesiones, promete unidad, promueve la guerra entre castas y tribus. Siembra la discordia, es el rey del caos. Esa política vacía a la “sociedad” de toda forma de vida.

En nuestros territorios, para llegar a ser el Jefe de jefes, el capo de tutti di capi, el aspirante tiene que haber demostrado paciencia en la cola de los favores, en donde conoció a otros caiques, todos aquellos, quienes integran la “feuderación” (caciques federados; en el campo, la ciudad, las instituciones, las universidades), es decir el consejo de caciques locales, en donde se mezclan especuladores de alimentos, profesionales del despojo de tierras, escuderos de las empresas trasnacionales que buscan expropiar los recursos naturales, capos del llamado crimen organizado, jefes de los grupos paramilitares, que para aparentar su militancia política adquieren la franquicia local o regional de alguno de los partidos registrados en las instituciones electorales. Ya instalado en las cumbres de la elite, cuando el ritual sexenal se cumple, el político camaleón busca aliarse con otros aspirantes y jefes locales para llegar a “la grande”. Desde ese lugar el candidato del partido, de la alianza, del frente, de la coalición promoverá intrigas, seducirá a los de la campaña de enfrente para que deserten, salten y den giros oportunos, recibirá a los arrepentidos que siempre estuvieron equivocados. La política camaleón produce intercambios, fusiones, confusiones y contaminaciones, bricollage de personajes vacíos y ávidos de succionar las arcas del aparato burocrático estatal. Siempre las mismas familias pero con colores cambiantes.

Para que el nuevo Rey Sol pueda entronizarse en medio del país, es necesario que el yo de cada habitantes, de cada súbdito haga lo propio en medio del territorio. Cada individuo se reconocerá en retícula de su guía moral. Lo hace buscando satisfacer sus deseo mas primarios; el precario urbano que recibe su tambo de agua o el piso de su casa; el burócrata que ve garantizado su empleo permanente; el vendedor callejero que recibe la garantía de su lugar en tal o cual avenida; el microempresario que sabe que su cliente llegará a ser presidente municipal; el estudiante comprometido por su beca que le garantiza no estudiar; el investigador-profesor universitario que calla para no poner en riesgo sus becas y estímulos salariales. Es decir, esos yo-súbditos, narcínicos que yacen en la impotencia política.

Una práctica cortesana generalizada que disocia la política de la vida. Pragmatismo puro de una suma de narcisos que solo miran su ombligo, para esperar lo que sigue, y contribuyendo con ello al asesinato de la palabra, ya que los significados de la política han muerto cediendo su lugar al silencio que produce vacío aquí y allá. Configurado en el silencio de los intelectuales y los universitarios que mueren silenciosamente ante el crimen perfecto de la política. El camaleón se ha tragado toda posibilidad de crítica y acción.

Vivir Libre

El hombre libre no esta meramente a la espera sino que sale a su encuentro. Quien actúa libremente se rebela contra la ordinariez del mundo y en particular de la clase política, a quienes no soporta. Y si nos alejamos de lo ordinario tenemos que seguir conteniendo tanto la tiranía del déspota como la anónima, es decir, la codicia y la falta de generosidad que inyecta la mentalidad neoliberal dominante. Destituyamos por tanto la política del camaleón.

En primer lugar destituyamos la política procedimental de la democracia peticionaria, ya que mediante el voto se contienen todo deseo de cambio, al mismo tiempo un juego de simulación que demanda no cambiar absolutamente nada. Contra esa ficción demagógica en pleno uso de nuestra libertad tenemos que poner un pie fuera del sistema, suprimiendo el voto, ya que de por sí el voto ha sido suprimido ideológica y cuantitativamente a través de los sistemas electrónicos de conteo. Contra aquellos que afirman que el no voto significa un voto sistémico, les decimos en primer lugar que el llamado a votar y votar significa legitimar bajo cualquier color al sistema mismo, y en segundo lugar, que anular el voto, abstenerse no significa inmovilidad, mas bien, tiene el sentido de convertirse en un acto de potencia, de decisión de crear/vivir al margen de la política. Precisamente, quienes ejercemos esa libertad, somos los que luchamos cotidianamente en todos los confines de la vida, en los lugares en los que nos encontramos, ya que como hombres libres no nos ajustamos a los movimientos del camaleón, sino a aquello que nos hace mas fuertes. Se trata de neutralizar, de atravesar, agujerar a las instituciones de la política.

El seguir los movimientos del camaleón para tomarlo por asalto a través del voto y cambiarlo desde dentro, es por lo menos una ingenuidad, lo demuestra una y otra vez la terca historia de su democracia: a través del voto no han tomado el poder, mas bien el poder es el que les ha tomado. Los vació, le recorto las uñas al tigre, a las oposiciones los ha vuelto igual de demagogos y ávidos.

Por esas razones la perspectiva de la batalla es aquella que se realizará por los hombres libres en nuestros territorios a defender. Aquí mismo en plena danza por fuera del camaleón que cambia de color para que todo siga igual.

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