Por Antonio Nieto

Texto publicado en Malas Impresiones. Memoria y manual de procesos autogestivos para la edición independiente Mérida, Yucatán
2020

Los inicios: Con las patas

En la universidad elegí el área terminal de diseño editorial. Como proyecto de titulación propuse una publicación estudiantil de nombre Con las patas, fanzine alternativo de carácter jocoserio y distribución gratuita. En el 2004 las técnicas digitales no eran de uso común, así que los negativos los realizamos en fotomecánica gracias a la ayuda de nuestra compañera Amada Pérez. Las placas y la impresión las hicimos en el taller de offset, con el apoyo del maestro Cirano Reyes y los impresores Chucho y Claudio. El papel lo compramos gracias al maestro Víctor Muñoz, y el maestro Gerardo Kloss gestionó el uso del taller de impresión. Los contenidos eran aportaciones de nuestros compañeros y la impresión fue en duotono en línea; en el primer número colocamos un mediotono de una ilustración de Darío López y en el segundo realizamos mediotonos con otras tres ilustraciones. Para esto fue necesario hacer los negativos en preprensa digital, los cuales eran recortados y pegados sobre los negativos en fotomecánica para proceder así a la creación de placas. El formato era medio tabloide vertical y lo engrapábamos también en los talleres de impresión de la división de Ciencias y Artes para el Diseño de la UAM-Xochimilco.

Fue una experiencia grata y de arduo aprendizaje; era necesario el apoyo mutuo y el trabajo en equipo. El diseño se realizaba en la casa estudio, un departamento en una vecindad a medio caerse sobre la calle de Belisario Domínguez, en el centro histórico de la CDMX. César Díaz aportaba la computadora y el escáner para trabajar el diseño del fanzine. Quizá con nuestro diseño sobrio y ordenado no experimentamos tanto en cuestiones de diseño editorial, pero aprendimos mucho sobre las técnicas de impresión y composición offset.

Hoja Urbana

En el 2005 me percaté de una tendencia que comenzaba a cobrar notoriedad en las calles: pegar stickers, calcomanías o pegatinas en el mobiliario urbano de la ciudad. Mi impulso inicial fue despegarlos y empezar a coleccionarlos, luego propuse a los compañeros de la universidad realizar un colectivo para intervenir las calles con arte urbano.

En esa época mis amigos y yo estábamos muy interesados en el arte de la vía pública, el arte acción, las actividades que realizaban grupos como Proceso Pentágono, Suma o Mira;  los situacionistas la gráfica militante, la gráfica popular, fluxus, el graffiti mexicano. Agobiados por la saturación excesiva de propagandas políticas en el marco de las elecciones del 2006, organizamos el grupo A la chingada, para intervenir la calle y la propaganda política con esténciles, pintas, propas, stickers. Para mí era muy importante reflexionar acerca de la necesidad de generar estrategias de comunicación comunitaria y dialogar sobre la noción de espacio público, anonimato, vandalismo y la utilidad de los medios de comunicación de masas.

En una suerte de investigación participativa y por la deriva misma de nuestro andar, durante el proceso conocimos a más personas involucradas en el arte urbano.
Entonces pensé en realizar un fanzine para crear un medio de comunicación para la comunidad emergente de artistas urbanos. Así conceptualizamos el fanzine Hoja Urbana, como resultado de una crítica constante al trabajo del comunicador visual y los medios de comunicación de masas pensamos en crear un «agente colectivo de enunciación», término de Guattari para designar a un mecanismo que permite a una comunidad sin raíces comunes encontrar sus propias reglas de identificación y mutarlas continuamente. Ya con más conocimiento de la preprensa digital, diseñábamos para imprimir en duotono con un formato en tabloide con dobleces y un formato final cuadrado, además de los stickers. Comprábamos el papel, realizábamos los negativos y las placas y la imprimía don Moy, un señor con una pequeña imprenta en la plaza de la Conchita, cerca del teatro Blanquita.

El nombre de Hoja Urbana se debía a que el primer número sólo era una hoja tabloide impresa. También porque —influenciado por la teoría de la complejidad— pensaba que los medios de comunicación tenían el deber de contribuir a un ambiente más sano para el cuerpo social; por ello eran necesarios más árboles que aportaran oxígeno cultural, tejido social y glucosa comunitaria para el desierto de la modernidad. No pretendíamos ser un árbol pero sí una hojita: una hoja urbana.

A causa del formato, hacer los dobleces era un arduo trabajo. El artista Víctor Muñoz nos apoyaba con los costos de producción y escribió un pequeño texto para el primer número. Fuimos la primera publicación enfocada en el arte urbano —en esa época se distribuían de manera comercial diversas revistas de graffiti pero no estaban dirigidas a la comunidad que realizaba calcomanías, propas o esténciles—. En el primer número tuvimos en la portada a Charrito y Miss Victorias, artistas urbanos a quienes conocimos una noche sobre Tlalpan, mientras interveníamos el puente. En el segundo número apareció en la portada Blacksay, un artista importante de la zona oriente de la ciudad. Muchos artistas urbanos colaboraban y recibían como pago ejemplares de la revista. Nunca tuvimos un criterio de segmentación de públicos como lo hacen los medios de comunicación masiva, así que también participaban artistas plásticos, estudiantes, diseñadores, poetas y activistas sociales.

En el segundo número pasamos de ser una hoja tabloide a dos y en la segunda hoja se mostraba el trabajo de Asaro, un colectivo de artistas que apoyaron a la APPO. El tercer número ya fue en formato cuadernillo, en la portada nos acompañaba Bozker y en esa ocasión pudimos tener una inserción publicitaria patrocinada por Aser de Ilegal Squad. Por cuestiones de presupuesto no teníamos una periodicidad constante, por lo que cada número se realizaba de manera anual; el cuarto número se atrasó dos años y debido a la gran diversidad de artistas urbanos que contemplamos incluir diseñamos un póster a color por el frente con 127 artistas, sus datos y sus páginas de fotolog, una red social muy utilizada en esos años. El reverso se imprimió en duotono.

Periférica

Entre el 2010 y el 2014, con el apoyo de la Galería José María Velasco, produjimos Periférica, un fanzine en la misma línea editorial que Hoja Urbana pero más institucional. La Galería pagaba la impresión de un pliego doblado en 8 partes en selección a color, nosotros nos encargamos de los contenidos y el diseño, y cada número era temático — incluía obras de diversos artistas y textos referentes a un eje como la música, la cultura popular, la imaginación o los animales—. Dado que era en cuatricromía pudimos experimentar más en el diseño editorial. La distribución fue gratuita y cada presentación se acompañaba de una convivencia, intercambios de pegatinas y un conversatorio en el espacio de la galería con algunos de los artistas participantes y el público presente. Fue una experiencia muy grata y estimulante.

Radiografía semiótica

Creo que el proyecto de Hoja Urbana y Periférica son muy importantes para la historia del arte urbano contemporáneo porque plasman una suerte de fotografía de un grupo social en movimiento y constante transformación. Nunca hemos buscado desarrollar productos mercantiles ni publicaciones en las que se clasifica a un nicho de mercado: nos interesa proponer alternativas de comunicación comunitaria, diálogo y retroalimentación. Mediante estas publicaciones pretendemos realizar una cartografía de las prácticas comunicativas contemporáneas y plasmar el paisaje comunicativo social actual. Intentamos recuperar las estrategias de comunicación alternativas y la diversidad cultural como una forma de contrapeso ante las narraciones totalizadoras y hegemónicas de las ciudades, y así proponer una relectura de nuestra identidad que amplíe el conocimiento que tenemos sobre las prácticas comunicativas y culturales en las múltiples periferias de nuestro país. La intención es promover valores sociales y comunitarios como la identidad, la creatividad, la retroalimentación y el diálogo.