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Pablo Gaytán Santiago

A propósito del cierre de la cantina Dos Naciones, un antro-Cantina con una gran tradición para los trabajadores de la construcción que los fines de semana pernoctaban allí para rolar, degustar y bailar con las trabajadoras de la ficha.

Hace años la desaparición de un lugar para libar me escandalizaba, ahora es motivo de compartir con algún parroquiano un caballito de memoria urbana. El extinto Armando Jiménez bautizó a los espacios cotidianos que logran volverse iconos por el asiduo uso del cliente en lugares “rompe y rasga”. Un viernes de Nivel (la cantina), me encontré en barra con el autor de La Picardía Mexicana, entre desarmador y desarmador me dio una clase sobre los usos del espacio interior de la cantina número uno de la ciudad de México. Me comentó que en los gabinetes a la hora de la botana los ocupan los burócratas, más tarde eran las parejas de mediana edad para la previa lubricación para terminar en algún hotel cercano a Correo Mayor o la Plaza de la Soledad, y en las noches, acudían los jefes de oficina con sus secretarias quienes lucían sus pieles al calor de una XX ámbar. En las mesas dispersas se hacinaban los hombres solitarios, los grupos de cuates para jugar dominó, los maestros celebrando algún nuevo contrato, algún académico a punto de obtener una nueva categoría laboral, entre otros jóvenes celebrando su cumpleaños.

Pero acá, de este lado la barra se están, codo a codo los “Nivelungos”, los que brindan y toman la copa como el bálsamo de la buena marcha de los negocios vitales. Ahí se entremezclaban ayudantes de abogados de la suprema corte de justicia, quienes conversaban desparpajadamente con los profesionales de las casacas hechizas de la PFP; el vendedor de rebabas de oro; el técnico especializado al servicio de TVazteca; el “Munra”, el mayor de los toreros ambulantes; los profesores de Química que experimentaban con nuevas combinaciones alcohólicas; los escritores malditos fracasados en busca de algún tema poético o reporteril; madrinas en pos de un Gilberto; batos en busca de una chamba cualquiera que empleaban sus últimos pesos en un desarmador; algún diputado y audaces turistas en pos de aventuras. Toda una multitud de clientes que se cruzaban efímeramente con los Nivelungos, dispuestos a sincronizarse con el tiempo, el cual se les iba sin IVA cada día.

El nivel, como lo sabían sus parroquianos, fue además una galería de arte alivianada, regenteada por un profesor de dibujo al desnudo de la academia de San Carlos, podríamos decir que la cantina fue la extensión del taller. Por las tardes noches los talleristas libaban en plena puja por la modelo de la temporada. Algunas de ellas permanecían inertes allí frente al respetable, dibujadas al carbón, contorneadas a crayón, imaginadas al lápiz o en fotografías construidas, tatuadas con una XX ámbar, cuerpos morenos que hacían del parroquiano una liba libinidosa y placentera.

Un claro ejemplo de ese imaginario nivelungo, fue aquella icónica fotografía del subcomandante Marcos que abrazaba eróticamente a la patria indígena. Una fotografía que forzosamente el visitante admiraba al salir de la cantina. Una imagen inolvidable complementada en cualquier soleado atardecer, cuando los reflejos naturales rasgaban las nubes de humo par irradiar las puertas de la cantina, en donde se reflejaba a contraluz el fluir de notas del saxo tocado por la icónica imagen del Vampiro.

Imágenes urbanas de un interior libador regodeado en la interculturalidad de quienes buscaban el abrevadero para saciar su sed o avivar el calor corporal en la época invernal o veraniega. Allí se daban cita desde el mochilero europeo, el inconfundible turista japonés con su infaltable cámara, el cubano aventurero en pos de un ligue azteca, el artista visual regiomontano en busca de hacerla en la capital, el comerciante del bajío que acababa de cerrar un negocio para distribuir las prendas fabricadas en talleres familiares, burócratas en quincena en busca de parranda, estudiantes de antropología en pos de la observación-observada y la entrevista para su materia de etnografía en la ENAH.

Un amontonamiento que superaba a las vecinas estaciones Pino Suárez mirando al Zócalo, particularmente los días nacionales en que la de-cepción nacional perdía frente a sus enemigos pamboleros cada mundial, o cuando se realizaban las grandes manifestaciones de protesta, ya que después de la marcha, que mejor que una cerveza bien cadáver o una bebida refrescante para mitificar una marcha que nunca resolvió cosa alguna, claro por allí circuló algún día el famoso grito libador de casilla por casilla, cantina por cantina. Al final la política siempre se diluía en el gozo libador, siempre atendidos por el jefe Zapata o “Pata” para el parrroquiano; el Colosio, el Brujo o el Conejo, cantineros y meseros que mediante albures y calambures hacían del respetable un mejor momento la recepción de la primera chela o la abultada cuenta según fuera el caso.

Junto a la fauna parroquiana y bebedera o de ocasión, pernoctaban por allí personajes como el maestro Melquíades Herrera, el artista conceptual del movimiento de los grupos de la década del setenta, quien diario visitaba la cantina antes y después de clases. El mismo fue una obra proceso, cotidianamente se le veía por allí unas veces vestido de marinerito, otras de cargador de coca-cola, de minero, de merolico, de futbolista, de vendedor de rosas, de minero, transportista e incluso de presidente de la república. Eso sí, el maestro nunca fue vestido de la misma manera, y precisamente se llevaba muy bien con los parroquianos del pueblo, no precisamente con los artistas conceptuales que ahora dicen ser sus amigos y que nunca estuvieron por allí admirando sus delicados performance entre la pandilla más facinerosa del slimcenter. Pero unos años antes del cierre del Nivel el maestro desaparecería para dejar su mesa preferida a otros clientes, y como si fueran síntomas de lo que vendría poco después fallecería Don Chuy el dueño y anfitrión de la cantina mas famosa de la ciudad; días de vino y duelo, pues.

Así en noviembre del 2007, los parroquianos organizamos la ofrenda del día de muertos en homenaje a Melquíades y a don Chuy. Un síntoma mas, en medio de los procesos de blanqueamiento urbano del centro histórico de la ciudad.

El buldozer cultural estaba allí a las puertas del Nivel a su nivel y ni los parroquianos, ni los defensores del patrimonio de la humanidad, ni los cronistas profesionales, quisieron ver en esos meses que el icono de los fans de la ¡Salud! Estaba a punto de desaparecer entre espectáculos gratuitos, la proliferación de cantinas que mas bien parecen estéticas, cervezas artesanales, funcionarios hipsters y especuladores del entretenimiento. El momento llegaría finalmente.

Así, el lunes 2 de enero del 2008, cuando los parroquianos quisieron curársela, simplemente El Nivel había sido rebasado por la líquida gentrificación nuestra de cada día. Le tocaron las golondrinas en plena cruda, y como eso no se vale, los parroquianos nos dimos a la tarea de protestar por tamaño atentado a las sagradas tradiciones de la sana curación y el san lunes. Al que suscribe le encargaron escribiera el presente manifiesto, que ahora cito in extenso;

 Nivelungos

A los parroquianos
A los medios de comunicación
A las autoridades de la UNAM
Al Gobierno de la Ciudad de México.
A la opinión pública

  1. El pasado 2 de enero dejó de existir El nivel, la mítica cantina que ostentaba la licencia número uno en la ciudad de México. Desapareció en el aire por obra y gracia del espíritu privatizador que recorre el Centro Histórico convertido hoy día en Slim center.
  1. Ante tal atentado al patrimonio cultural tangible e intangible de la ciudad, los nivelungos (parroquianos del Nivel) demandamos la reapertura de la cantina para tomarnos la del “estribo” o “la de la casa”, pero sobre todo para recuperar la obra plástica, los testimonios (fotográficos, entrevistas, crónicas, caricaturas, recuerdos, humores, memorias, objetos) con los cuales se había venido creando un museo vivo. Demandar la reapertura no sólo significa tomarse la de la casa, sino recuperar el legado cultural popular urbano creado en más de cien años por artistas, paseantes, poetas, cineastas, arqueólogos, trabajadores de oficio, estudiantes, investigadores urbanos, académicos, personajes populares y gente del pueblo en general.
  1. La clausura todavía es más ominosa porque ha sido resultado de una política de “limpieza social” realizada por un gobierno de “izquierda” que funciona más bien como un buldozer a favor de los intereses del hombre más rico del mundo y de las empresas multinacionales. Recuerden queridos lectores que el buldozer azul/amarillo/Tricolor/Café, primero desalojó vendedores ambulantes de las calle, después expropió vecindades y predios, más tarde expropió los edificios coloniales para propiciar la especulación inmobiliaria en la bolsa de valores. El zócalo se ha convertido en una feria para beneficio de las empresas multinacionales, los operativos han desalojado artistas urbano callejeros, la “autoridad” del centro histórico pulveriza edificios catalogados como patrimonio de la humanidad bajo el pretexto de que “son sólo piedras”.
  1. Hoy el susodicho buldozer no sólo ha llegado al nivel y así desalojar a los parroquianos nivelungos, quienes además tienen que soportar apagones, racionamiento de agua, el aumento al impuesto predial y otros servicios urbanos para pagar las obras públicas que solo benefician a las empresas y al hombre más rico del mundo.
  1. En santa alianza con el gobierno de la ciudad, la UNAM ha traicionado sus principios básicos de autonomía; obligar el cierre de la cantina El nivel significa haber declinado sus principios de autonomía en favor de la libre empresa; ha degradado los objetivos de la preservación y difusión de la cultura al contribuir a la desaparición del patrimonio tangible e intangible de la ciudad. Incluso, nos parece de una actitud incongruente que los miembros del Centro de Estudios sobre la Ciudad (UNAM), que está al lado del Nivel, no emitan opinión alguna al respecto.
  1. En suma, demandamos la reapertura de la Cantina El Nivel porque este es un espacio significativo para la pervivencia de la cultura popular urbana y porque es un patrimonio tangible e intangible que ha sido sostenido por los miles de asiduos visitantes de todas las clases sociales. Nos oponemos que en ese lugar se instale una aburrida oficina burocrática de la UNAM o un negocio elitista tipo La opera. De ser así estaremos comprobando una vez más como todo lo sólido desaparece por obra y gracia del buldozer azul-amarillo.
  1. Desde el exilio-barra del Nuevo León, atentamente,

Los Nivelungos

Centro Histórico de la ciudad de México, enero 29 de 2008.

Esta historia ahora la relato a propósito del cierre de la cantina Dos Naciones, un antro-Cantina con una gran tradición para los trabajadores de la construcción que los fines de semana pernoctaban allí para rolar, degustar y bailar con las trabajadoras de la ficha. Fue así hasta que el mundo hipster, ese buldózer cultural de la gentrificación, ocupo lentamente aquel lugar para propiciar el encarecimiento del lugar, su visibilización ante los ojos de las inmobiliarias y marchantes del suelo urbano; lo consiguieron, el lugar quebró para dar paso seguramente a un centro comercial, cualquiera que sea su giro, solo para consumidores con poder adquisitivo, cumpliendo así el ciclo del blanqueamiento socio-espacial, que produce desplazamiento social y encarecimiento del tiempo de ocio creador. Vendrán otros lugares, otros ámbitos de la libación libre, pues bien, va un ¡Salud! Libertario.

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