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Pablo Gaytán Santiago

Hoy que estamos frente al auge de redes comunitarias digitales, básicamente des-reguladoras, mercantiles y neo-monopólicas al ciudadano le despojan la libertad de tomar su destino en sus manos. La democracia participativa ha sido convertida en emocracia, en la cual el complejo de las redes sociales gestiona las emociones, convirtiendo así al ciudadano en usuario del proceso electoral.

El exterminio de la participación política es encabezada por los “nuevos políticos”, quienes pagan a hiperactivos equipos de expertos en informática para construir su imagen y destruir a sus enemigos. La política emocrática se edifica sobre la pulverización de las ideas, sustituidas por noticias falsas, montajes mediáticos, dardos morales y gestión de emociones; por esas razones los políticos que pretendan ostentar una ideología o un programa quedan derrotados por el dadaísmo neoconservador de la propaganda política emocráta. Para asegurar la hegemonía totalitaria, la instituciones que financian esta clase política realizan contratos de seguridad con los monopolios de la comunicación digital (Google, Amazon, Facebook, Apple –GAFA-) para así asegurar la eficiencia y la no-intromisión de intereses ajenos, léase hackers autónomos o de naciones enemigas. Una especie de guerra fría al interior de la globalidad hetero-capitalista.

Así son los tiempos del dominio del tercer Internet; el de la logística. Su premisa es precisamente la de ganar dinero con mercancías gratuitas, en este caso se proponen aumentar sus beneficios con la política mercancía. Para GAFA el interés principal está en valorizar su capital virtual a través de la des-información política; a éstos monopolios no les interesa si quien gana la presidencia de un país subordinado es de izquierda o derecha, incluso no le preocupa si se trata de un gobierno surgido de alguna revuelta. Esa despreocupada visión por los negocios ya la han demostrado en países como Egipto y Grecia. A GAFA no le interesa la democracia sino la emocracia, es decir, ella se dedica a extraerle valor a las emociones, alguna vez lo hará construyendo odio, otras creando una ambiente festivo o de esperanza, que mas da, conocen y miden el estado de ánimo de sus millones de usuarios, quienes están dispuestos a conectarse al juego que les ofrezca GAFA. Ya lo saben ustedes, tal gestión en tiempo real, ocurre actualmente en nuestro país.

Las hermanas del control mental hacen política emocrática. Para hacerlo cuentan con millones de voluntarios, quienes usan sus plataformas bajo la lógica de los mercados informacionales bifásicos; en los cuales una fase es gratuita para el particular y otro de pago para las empresas. Así, la simpatía o el odio por tal o cual candidato presidencial por parte de un usuario le produce dinero a GAFA, además produce un remanente en los monopolios de la comunicación y la información locales. Cada like, cada mentada de madre, cada meme, cada ofensa produce dinero; las emociones las tasan en cantidades virtuales, produciendo así una especie de auto-explotación emocional de los usuarios.
Esta nueva política crea un vivero empresarial bastante particular. Las consultorías en imagen, los lobys, las encuestadoras, los call centers de boots son empresas emergentes (start up) de la política, además son un área de oportunidad laboral para millones de jóvenes profesionistas desempleados. Una de estas empresas es la “data brooker”; estas se encargan de vender –traficar- los datos de las empresas o el Estado a diferentes operadores. Imagine el lector entonces el actual boom de éste tráfico. En el mercado se pueden conseguir datos para dar a conocer la corrupción del enemigo a vencer, o tal vez, la afiliación de muertos, heridos y disidentes en el partido que usted quiera. Para eso es el big data. En ese sentido un partido político es un cliente, un usuario de datos, pero al mismo tiempo son rehenes de las empresas o gestoras del big data.

Así las cosas, el voto ciudadano se ha convertido en una mercancía en los mercados bifásicos de la política. Lo cual significa entre otras cosas, que en las zonas rurales el voto se compra en efectivo y en las ciudades ya ni siquiera vale, al contrario es un insumo que valoriza otras mercancías políticas. El voto urbano esta expuesto a otro tipo de negociaciones entre el usuario y el miembro de la clase política que busque comprarlo; el voto, es dato móvil. El antiguo ciudadano de las urbes modernas ha terminado por convertirse en un dato, el cual tiene un uso compartido por brookers y partidos, es más, el ciudadano-dato ya ni siquiera tiene propiedad sobre su propio dato democrático, pasamos del bono democrático al dato emocrático. Luego entonces vivimos en tiempos de la datacracia.

El partido, cualquiera que sea es una especie de uber, éste es solo un vehículo que se dedica a transportar datos, mientras lo hace puede disponer de ellos, pero llegado a su destino ya no sabrá quien explotara ese dato-voto. A veces, como sabemos en el vehículo-partido político caben muy pocos datos-votos, por lo tanto, ese pequeño partido se coaliciona con otros mas pequeños o mas grandes para crear una especie de rooming; datos en renta compartida. Podemos leer las encuestas electorales como una bolsa de valores del tráfico de datos-votos, ante lo cual los entusiastas partidarios de tal o cual candidato-mercancía deberían de estar atentos a un posible crack de datos-financieros, ya que como tales, su movimiento es impredecible, y transita por los caminos de la incertidumbre. Siempre un imponderable puede cambiar el curso de la masa de datos, así como su beneficio. El dato es de quien lo trabaja.

Ya no es tiempo de las predicciones electorales desde la perspectiva de los clásicos de la política, ya ven lo que acaba de suceder en la tierra de Maquiavelo, en donde la xenofobia aprovechó el voto-dato. En todo caso, nuestro tiempo es el de la Economía Política de la (D)emocracia. Esta economía, de acuerdo al actual capitalismo hetero-totalitario es netamente colaboracionista, lo cual quiere decir que solo en apariencia hay perdedores y ganadores. Lo cierto es que siguen ganando los mismos de siempre, lo cual nos debería de preocupar.
Ya que ellos, los integrantes de la clase política, se afilian a un partido como si se ficharan como CEO (Consejero Delegado o Director Ejecutivo) en una empresa; así en el partido Uber, el nuevo directivo ofrecerá un servicio de pago a otro particular; se ofrece, por ejemplo, el fuero, para que el delincuente de cuello blanco no tenga problemas con la ley y pueda circular por un país regido única y exclusivamente por las leyes del mercado. Esa es la rentabilidad; una curul representa una especie de reconocimiento moral e inmunidad producto del dinero. Y como un delincuente de cuello blanco tiene muchos trabajadores corporativizados, los merca como datos, los explota como datos, además de robarles sus cuotas de asistencia social y los trafiques anexos de cuerpos sexuados, intercambio de favores y presupuestos etiquetados.

También existe un rooming partidista, ya que rentan curules, alcaldías, senadurías y gubernaturas. El programa o la ideología se vuelven un estorbo, siempre con el fin de aumentar la renta.

En perspectiva, cada jefe de partido sabe que a tantos votos corresponden tantos puestos y tanto presupuesto. Por esos motivos la publicidad, el storytelling, el microrrelato que le comunican a sus clientes potenciales es tan bien cuidado en sus contenidos, aquí no me refiero a los programáticos, sino a la imagen y el sonido, la eficiencia de un mensaje vacío. Allí está el candidato omnipresente que se refiere a sí mismo como si fuera dios; el joven narcinista que ofrece exterminar pasado y presente; el tecnocráta que cuenta y cuenta mientras preparara las cuentas por cobrar. Los diversos candidatos en su condición de auténticos brooker data, así ya no ofrecen mejor vida, sino aplicaciones para que el dato-ciudadano se encargue de sí mismo. Pero ya no es como en la política de la movilización de masas corporativizadas por alguna organización, ahora detrás del logotipo partidista está un ejército de constructores de datos, así, los partidos convierten a los votantes en un “activo privado”, disputados palmo a palmo en tiempos electorales.

El uso desmedido que hacen de los votantes, alcanza niveles que rozan la desmesura; lo que podríamos definir como práctica política del despojo emocrático. Este significa que la clase política le despoja a los hombres y mujeres comunes de los fines universales; elección libre, igualdad, justicia, soberanía. Les despoja del TELOS; es decir les despoja del control y sentido de su destino. Toda posible autonomía individual y colectiva desaparece en la estructura algorítmica de datos concentrados por los monopolios de la información y la comunicación. Ya ni siquiera podemos decir que los usuarios-datos declinan su soberanía, ya que toda mercancía tiene un precio. El (des)precio del dato.

El TELOS se reduce poco a poco al mero resultado mecánico de la libre competencia entre los diferentes actores del mercado de la política. Diluyendo así cualquier orientación que dignifique la vida individual y colectiva, por esa misma razón, el TELOS del camaleón político es la innovación, son las CAUSAS EFICIENTES las que le importan. Es el dinero y el voto-mercancía. Ya que su microrrelato siempre es el mismo: compararse con los otros para demostrar que se es el mejor en mentir; gana el seudólogo mas eficiente (benchmarking). Su causa es la productividad semiótica, el político es un signo, tan vacío como ineficiente; des-humanizado, es una botarga que ofrece emociones no programas.

En conclusión, estamos frente al despojo no solo de la decrépita democracia, sino incluso de la vida. La clase política de todo color, despoja mediante su democracia, haciendo de la autonomía individual de mercado un ejercicio multiuso, deshumanizando así a las masas de votantes dispuestos a comprar aquel producto que les ilusione con un futuro luminoso, en medio de las ruinas resultado de la depredación capitalista. El voto es para elegir al administrador del amo que seguirá gobernando los próximos seis años.

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