CHIMECORE A LA DERIVA

José Luis García “Radio”

Derramaré estas letras
en la boca sensible de tu ojos,
salmodiaré por tanto una oración
en la paramnesia de los devotos

He prestado a cada letra la presencia
siempre substancial de lo vivido,
he despanzurrado y escurrido el líquido vital del signo,
para que ascienda en sofocante humo nicotínico.

He dado significado a la vida
ya que al vaporizarme impregno de olor borracho
las paredes del camino que anduvimos.

¿Pareciera que en ciertos tiempos
solo reconocemos los olores?
esa esencia que nos empuja y nos arrastra
Al recuerdo, el lugar sin siquiera haberlo conocido.

Vas a olfatear interiormente no por tí,
Sino por otro que se ha vaporizado en este abismo.

***

Desde la aurora del ochenta y hasta finales de los noventa realicé de manera inconsciente una especie de aventura vitalista que cartografió mi manera de ver el espacio, la vida cotidiana, el entramado urbano, la política pública, y sobre todo la forma de  gozar estética y filosóficamente el sonido distorsionado de la metrópoli; “maquina zumbido” de timbre bello y espeso que me acompañó a mí y a mis camaradas como una especie de micro clima, que alimentó aún más nuestras ganas rizomaticas de  territorializaciòn del área suburbana. Siempre corriendo en el filo del borde pisando lo más cerca del abismo tarareando la canción de ese indescifrable mundo que sorteábamos a cada calle, colonia, municipio o delegación en el vórtice interminable de la línea amarilla, riel del asfalto.

A esta forma autodidacta de aprender el mundo y sus peligros. Los adultos de nuestro tiempo le decían vagancia, mal vivencia, güevonería y otros, los más peligrosos; “delincuencia juvenil”. Pero nosotros al paso del tiempo comenzamos a conceptualizarlo y 0llamarle de varias maneras; deriva, transurbancia, chimecore, churrealismo, figuras linguísticas que en realidad no tendrían sentido sin la praxis que traduce en coherencia la dupla “libertad y movimiento”. Ondulaciones que mantienen en su centro un significado profundo que solo puede olfatear y escuchar el iniciado en el rito de la vagancia a calcetinazo limpio o el investigador no académico embrujado por la magia del negro asfalto y la zona terregosa de la colonia popular. El psicogeógrafo de a pie que se enfunda en sus botas deformadas, como una nariz de perro viejo y mañoso, que al mínimo olor del perfume que destila alguna zona libre se lanza al irresistible manjar haciendo cómplices a sus pies y a sus pasos ansiosos de encontrar el lugar mítico del mundo-utopía, del mundo-ácrata, del mundo-situación, del mundo-caos, del mundo-deseado…aun sin saber y sin querer saber que se desea ya que mientras más se cuestionaba, razonaba y argumentaba más grietas aparecían en el discurso de la ciudad del control a macanazos, del viejo y cascarrabias “ideología del control” enraizado en todos los cerebros sátrapas a los pies del amo y que sin querer o queriéndolo infectaban a algunos a nuestro alrededor convirtiéndose en santurrones de las máximas ideológicas de la revolución anarquista pero con un profundo olor a un priismo cultural al cual odiaban pero refriteaban en sus acciones diarias. El deseo fundado en los pasos, los pasos motor del movimiento, el movimiento alentando contactos, los contactos estrechando.

Esta práctica a muchos de nosotros nos provocó una perturbación del tiempo y espacio de nuestra anterior cotidianidad porque en algunos casos alargó y en otros acortó el plano filosófico que también es lugar y velocidad, pero abstractos, para lanzarnos a la vorágine del saberse despedido; corridos y sacados a patadas de la vida cotidiana que conocíamos, ese abismo nos lanzó a la cuerda floja que aun hoy nos mantiene secuestrados, habitados y enfebrecidos; esa situación nos reveló una receptividad de emociones que de otro modo nos serían desconocidas. Los esfuerzos por lograr hacer de esta práctica una psicología, una filosofía, un acto mágico sobre el cuerpo y la mente se remontan, hasta los disturbios kínicos del griego perro hasta llegar a personajes como Iti filósofo desconocido por decisión propia y que planteaba la pregunta a sí mismo; ¿A dónde nos dirigimos cuando caminamos? O, mejor aún; ¿A dónde nos conducen los pasos en nuestros deseos?

***

La imagen y construcción de una metrópoli y sus diferentes atmósferas pueden invadir y desorientar la psique humana ejerciendo una especie de embrujo y maleficio de los sentidos, con una fuerza de penetración y tensión, tal vez sólo comparable a la del síndrome de abstinencia de un alcohólico o drogadicto (si no, pregunten cuánta gente enferma de los nervios hay en su calle o vecindario). El tiempo y espacio de la ciudad puede transmutarnos, puede volvernos locos y a la vez puede curarnos, las estructuras que conforman la muchedumbre, el transporte público, el smog, los espacios públicos y privados la acera, la terracería. Tienen una estrecha relación con las formas de sentimiento humano –formas de autoritarismo y liberación, de fluidez y ordenamiento, conflicto y resolución, rapidez, lentitud, terrible excitación, calma o lapsos de ensoñación –  quizás ni prisión, ni comodidad o seguridad, sino el patetismo de uno y otro y ambos a la vez, la grandeza o la brevedad del centro de una metrópoli y su submetrópoli tienen que ver directamente con la velocidad del fluir, ya sea rápido o lento que hacen que pareciera eterno ese animal bípedo loco y deseoso que lo inunda todo, cada día.

La vagancia es el arte de la velocidad lenta, ya que mientras el cuerpo debe pasar espaciosamente por los diferentes ambientes en actos hedónicos disfrutables, los sentidos, sobre todo de sobrevivencia se aceleran para encaramarse en una escenificación psicogeográfica dentro del teatro más grande de todos y cumple para el iniciado una función política y mística, una necesidad y un deseo casi irrefrenable, una necesidad de ser el animal público y político que se le ha negado y un deseo de conocer, habitar y fundirse casi en una revelación en la obra de arte más grandiosa de todos los tiempos, porque nuestro tiempo también se define por esa maravillosa vanidad y soberbia de la humanidad depositada en inmensas estructuras y proyectos que inclusive han llegado a cambiar el clima. Así, la deriva chimecorera es también una analogía del zumbido eléctrico que le da tono a una vida emotiva de estos lugares totalmente humanos. Precisamente en  las edades, en la sucesión histórica, en el progresivo deterioro de las ciudades, en las épocas de fatiga y devastación, en los tiempos de asolamiento, de la caída de los antiguos barrios y edificios, en la irrupción de las hordas dispuestas a edificar el urbanismo del control. Ahí cuando los tiempos amenazan con hacerse demasiado estrictos, ahí se hace más notable ese deseo de algunos iniciados y uno que otro chamán efímero por mantenerse en movimiento, por ser el actor pánico que inunde y tape las alcantarillas.

El desarrollo sin precedentes del urbanismo del control (cámaras de vigilancia, leyes antigraffiti, espacios públicos privatizados, noticieros alarmistas, menos aceras para el peatón mas dobles pisos para automóviles) se evidencía sobremanera cuando se descubre y comprende la necesidad del churrealista psicogeografico por producir un acto que involucre los espacios que están prohibidos al tránsito libre, es decir que no deben ser transitados. Esto podría traducirse en nuestra condición de expatriados en donde siempre hemos visto como los medios masivos y las políticas publicas de izquierdas y derechas hablan del delincuente, el vendedor sin permiso, la vendedora de garnachas a quien le explota el tanque de gas. Antes el chavo banda hoy el dark, el punk o el emo, luego el estudiante vándalo a quien se controla registrando  la mochila por el bien suyo y de los demás, el joven de barrio que tiene toda la apariencia de un narcomenudista o secuestrador y un largo etcétera.

Para entender esto de una forma no racional sino atmosférica, se conjura y se apela a los sentidos, las sensaciones y el entendimiento de lo cercano, de lo primario del remanente inconsciente de aquello que en la vida diaria no podemos penetrar solamente con desearlo, sino con la fuerza de un acto pánico, o sea, desinstitucionalizando y resignificando el espacio vivido y vivenciado. La experiencia del espacio es siempre la experiencia primaria del existir. Siempre vivimos en espacios, en los cuales construimos esferas con atmósferas propias (ya sean sensoriales, mentales o materiales). Desde el primer huevo en el que estamos inmersos en la cápsula junto a la madre, todos los espacios de vida humanos  no son sino reminiscencias de ese huevo original, siempre añoradas por todos, desde el más lejano recuerdo, por eso construimos en diferentes momentos de nuestra vida atmósferas artificiales para vivir en ellas hasta que se consuman y acaben, desde familias, relaciones de pareja, clubs, pandillas, colectivos, movimientos, partidos políticos, hasta ciudades para que afectiva o materialmente estemos inmensos en esa estética profunda que se llama “lo humano”.

Por eso en la transurbancia chimecorera a patín, en micro, en metro o corriendo nos arrojamos a un mundo que se resiste a lo humanamente imposible, nos vemos forzados a proveernos de salvoconductos piratas que nos permita volver del extrañamiento de nuestra patria, convirtiéndonos así en chimecoreros a la deriva aceptando que la vida es un viaje peligroso, es una circunavegación difusa, donde el viaje mismo se torna en instrumento de arte, en rito de iniciación, de gracia, de sentimiento estético. Somos seres que se consumen poco a poco durante su primer y último viaje de exploración, de huida, de retorno. En este mundo no hay sino expatriados, sacados a la chingada del útero calientito. De ahí el sentimiento de que el viaje podría redimirnos como un acto psicomágico.

El ente espacial y temporal que somos sólo es cuando así lo decide la conciencia del ser en sí mismo y eso lo presentimos cuando nos embarcamos en el mundo de los sentidos. Pero para poder apreciarlo es necesario haberse ausentado antes, así como no nos enteramos del bosque hasta que estamos fuera de él, o no podemos verdaderamente verle la cara de pendejo al otro hasta que no nos la vemos nosotros mismos en un espejo (creo que por eso Carlos Castaneda hacía sus experimentos con espejos). Es decir el otro lado del espejo es la ausencia de uno mismo y no es apreciada o sentida hasta que regresamos del viaje, por eso podemos explicarnos el por qué las sociedades xenófobas, patrioteras, nacionalistas o a la gravedad de la chingonería de algún lugar equis por su falta de ausencia y su deseo mórbido de permanecer inmóviles. La caminata, el recorrido, el viaje hacia la ausencia sería como darse cuenta del mundo interior recorriendo el mundo exterior.

En el tiempo desmaderno que nos está tocando abordar existe una gran contradicción, a pesar de que los actos de ausencia están desapareciendo vemos a cada paso como la ausencia de la otrora alteridad; se encuentra en fase ascendente pero de una manera inmóvil y segura, como estar comiendo y ver por televisión  que en la otra colonia decapitaron y encajuelaron a dos personas, polis muertos de una golpiza, musulmanes torturados en cárceles clandestinas en Irak o viajar a la velocidad del ciberespacio conociendo superficialmente una inmensidad de personas, pero inmóvil en mi asiento, una ausencia que nos rodea de material acústico, que nos estruja y hace sordos a cualquier evento fuera de nuestro búnker cotidiano que hace posible la seguridad inmóvil (como el animal que tiene por defensa la inmovilidad para escapar de su depredador) de hombre dividuo enroscado en el tornillo de la geopolítica de la hibernación, de la ecología del miedo.

Irracional e instintivamente,
siento en el horizonte
entidades que caminan por delante de nosotros

Dimensión paralela,
geografía de una polis forastera.

El ¿dónde? Y ¿cuándo? Ajeno,
solitario y convulsionado,
arrastro mi irremisible páramo
en el  déjà vu de otro muerto,
como el perro en la salea de otro perro,
revolcado y apestado

Caigo de hocico, pero no de rodillas,
ante su eterno retorno

Afectividad afectada

Personalidad percudida

Hoy dejo postrados, dejo desvanecidos
a pedantes y burlones,
cuentos, leyendas y mitos,
laberintos y soledades

No quiero paz

Escarbo la trinchera
de un acto psicomágico,
hasta que dure toda la vida.

CREDITOS:

Grabado en: SUBTERRÁNEO ILIMITADO en septiembre de 2012 a marzo de 2013
Producción ejecutiva: Pedro Israel García
Diseño de portada e interiores: Pedro Israel García y Oscar Flores
Arreglos en todos los temas: José Luis García (RADIO) y Pedro Israel García

Todos los temas son de: COLECTIVO CAÓTICO
Excepto VIRA (homenaje al grupo brasileño Secos & Molhados)
Voz: José Luis García (RADIO)
Guitarra líder: José Luis García (RADIO)
Guitarra rítmica: José Luis García (RADIO)
Bajo: Pedro Israel García
Batería: Pedro Israel García
Coro: Pedro Israel García

Agradecimiento especial a:
Dante Ordaz por su ayuda en consola y mezcla
Hugo Avilés Balderas (CHOMPI) por su asesoría en grabación de voz.

Contacto:  facebook.com/colectivocaotico.punk
Cel. 55 2711832 y 55 12254397 Tel. (0155) 15582798