Pablo Gaytán Santiago

A 125 años de la creación de la Junta de la Dirección de Mejoras del Bosque de Chapultepec (1895) encabezada por el economista José Ives Limantour, que proponía la modernización del “salvaje” Bosque; hoy, en pleno siglo XXI, se exponen las mismas intenciones. Extraña coincidencia de la historia que impulsa el gobierno federal con el gobierno de la ciudad para realizar una nueva modernización del Bosque mediante un ejercicio descontextualizado de los sueños de progreso y desarrollo de arquitectos, artistas y científicos encargados del proyecto “Chapultepec: Naturaleza y Cultura”, que coordina Gabriel Orozco.

Vayamos por partes.

A pesar de las diferencias ideológicas del gobierno porfirista y el gobierno actual persisten algunas coincidencias que vale la pena mencionar: la primera, es, que ambos gobiernos están preocupados por redundar su legitimidad ideológica a través de la re-construcción del Bosque de Chapultepec como memoria-patria a través de relatos culturales particulares. Esta rara sincronía ocurre por las aspiraciones cosmopolitas de “especialistas” (científicos, arquitectos o artistas de moda) encargados de la imagen presidencial, quienes han puesto sus ojos en la zona boscosa de Chapultepec como lugar de materialización de sus ideales a través de la “rehabilitación” mercantil y ecocida para sus afanes de modernidad ready made.

Los científicos y los artistas buscan cumplir las expectativas de trascendencia histórica de sus mecenas, particularmente, si se trata de materializar con obras públicas el progreso des-modernizador. Cuando en 1895 Porfirio Díaz nombra a José Ives Limantour director de la Junta de Mejoras del Bosque de Chapultepec, lo hace congruentemente, pues se trata de un economista que junto con sus familiares tenía un cúmulo de propiedades inmobiliarias en ese momento. De esa misma manera, en nuestro tiempo, también se concentran los proyectos inmobiliarios del Grupo DANHOS de la familia Daniel y KALUZ de la familia Del Valle Ruiz y Perochema, privilegiadas por los gobiernos de la ciudad de México en las dos últimas décadas y con la licencia que da la conjunción del poder económico y político. Limantour en su tiempo proyectó “una transformación del bosque de Chapultepec” con el apoyo de artistas y científicos de la época cuyos efectos inmobiliarios saltaron a la vista con la creación de nuevas zonas residenciales para las elites económicas, como Chapultepec Heights o la Colonia Americana, ahora Juárez.

A imagen y semejanza de las decisiones piramidales, desde hace casi dos años, el actual gobierno invitó a Gabriel Orozco, el artista “cosmopolita” especialista en ready made a fin de realizar un proyecto de modernización memoria-patria denominado “Chapultepec: Naturaleza y Cultura” (o Complejo Cultural Chapultepec). En antaño se creo una Junta de Mejoras del Bosque; ahora lo nombran Taller Chapultepec. Aunque distantes en el tiempo, ambas son figuras del oficio de la obra pública que cumplen la misma función: modernizar el bosque en nombre del Estado con la finalidad de convertirlo en un lugar de legitimidad simbólica del poder en turno.

Recordemos que esa misma función la cumplió el equipo del Pedro Ramírez Vázquez en la década de los 60s, cuando construyó y escenificó en muy poco tiempo la construcción del Museo Nacional de Antropología e Historia y el Museo de Arte Moderno, una odisea que se materializó durante el último tramo del desarrollo estabilizador. Estos museos dieron una vuelta más a la tuerca del imaginario nacionalista del Bosque de Chapultepec cuyas decisiones son mandatadas por el presidente en turno. Después vendría la desconcentración cultural neoliberal con la creación del Centro Nacional de las Artes (CENART) en el sexenio salinista y en durante el foxismo se edificó la mega-biblioteca “José Vasconcelos”, un proyecto donde participó el camaleón Gabriel Orozco, el actual coordinador del proyecto “Chapultepec: Naturaleza y Cultura”, un artista mercantil acomodaticio para cualquier régimen.

Las obras públicas del imaginario patriota no son gratuitas. Son pagadas con los impuestos de los contribuyentes que también pagará -más adelante- el deterioro ambiental del Bosque de Chapultepec. Las obras públicas realizadas en su nombre afectan la naturaleza y su preservación, con toda su riqueza biótica y arbolaria. Las huellas de concreto e intervenciones dejarán a su paso la destrucción del Jardín Botánico, la tala de cientos de arboles, desaparición de flora y fauna para ser sustituidos por infraestructura vial y de movilidad, pulverizarán la naturaleza sólo para convertirlo en un lugar memoria de Estado en turno, una trascendencia patriótica imaginaria sin importar sus efectos ecocidas.

La historiadora Clara Bolívar Moguel, en su tesis “Chapultepec: Paseo de fin de siglo. Un paseo decimonónico”[1], rastreó cómo la transformación porfirista del bosque pretendía “proyectar el modo en que la naturaleza se encontraba al servicio de las políticas públicas”.  Y claro las magnas obras del Zoológico y el Lago (1906-1910), y posteriormente el Café-Restaurante del Lago y el Jardín Botánico demostraban que los científicos podían “inventar la naturaleza”…muerta.

Clara Bolívar señala cómo la naturaleza, bajo el dominio de la técnica “solidariamente hermanadas” darían paso a “la obra de la naturaleza y la obra de arte” en un bosque destinado a los usos de la elite del Porfiriato y, en los tiempos pandémicos de hoy, en parque temático rodeado de obra inmobiliaria. Son dos proyectos de toma de la naturaleza que pretenden incrustarse en el imaginario colectivo de una patria hecha pedazos y en medio de una contaminación ambiental que le resta respiración a esa misma patria (aunque para ser congruentes deberíamos de hablar de matria, Luis González y González, dixit). Ambos proyectos corresponden a las aspiraciones trascendentales: primero, para el gobierno de Porfirio Díaz, Chapultepec –además del interés económico– fue un escenario convertido en “Naturaleza nacional” donde el museo de Historia Natural tuvo el mejor lugar para condensar el matrimonio entre naturaleza y nación.

En aquellos momentos pre-revolucionarios, Chapultepec, entonces, se modernizaba no solo como un lugar para las elites sino como lugar memoria histórica cuyo fin último era ocultar la derrota mexicana contra Estados Unidos en 1847, cuya guerra, había pulverizado el proyecto de desarrollo y progreso que retrasó el dominio de la “naturaleza salvaje”. Para cumplir tal fin los ideólogos del régimen elaboraron el relato de los niños héroes defensores de la patria, para finalmente edificar el Altar a la Patria entre 1947 y 1952, ya durante el régimen del partido único.

Progreso-desarrollo-patria, una tríada imaginaria asentada sobre la destrucción ambiental del bosque de Chapultepec que ha sido cercada tanto por los proyectos inmobiliarios del Porfiriato como de los gobiernos post-revolucionarios.

Una segunda coincidencia imaginaria de los proyectos de modernización del Bosque de Chapultepec, la encontramos en el papel que juega el arte y la moda en la reconstitución estatal del Estado. En 1896, el gobierno ordenó instalar el “Pabellón Azteca” que se había montado en la exposición mundial de París y rearmarlo en Chapultepec. En la actualidad, la coincidencia vuelve con la terquedad que tiene Gabriel Orozco al querer edificar sobre el Jardín Botánico de Chapultepec el “Pabellón de Arte Contemporáneo Mexicano” y la edificación de otros pabellones más para los integrantes del Cartel del Arte Contemporáneo (CACO) como una evidente herencia de aquellas exposiciones del capitalismo industrial y sus resonancias modernistas decimonónicas. Es obvio que con el Pabellón Contemporáneo Mexicano Orozco aspira a convertirla en vitrina cosmopolita junto con sus amigos del CACO, cuando un proyecto faraónico de esa magnitud está totalmente desincronizado con los parques temáticos del arte contemporáneo global.

Hasta cierto punto, el pabellón de Gabriel Orozco y los proyectos de sus amigos del Taller Chapultepec tiende a calmar el malestar cultural de las propias elites culturales, artísticas, arquitectónicas y todas aquellas propias del diseño que tienen que saltar como chapulines para alcanzar algo del presupuesto y saciar sus deseos mercantiles y egocéntricos. Los pabellones contemplados en el “Proyecto Chapultepec. Naturaleza y Cultura”, figuran: el de Arte Contemporáneo, el Centro Ambiental, el Parque de las culturas Urbanas, la Cineteca Nacional y el Pabellón Histórico de la SEDENA, en su concepción cosmopolita exponen la congruencia de la tradición centralista estatal asociada a la artística y estética que desean encumbrar un patriotismo folclórico. Si bien, el Museo del Maíz, el Museo Lázaro Cárdenas y los Festivales con estética indígena fashion que son parte del proyecto Chapultepec para disfrazar cierto costumbrismo mexicano; lo cierto es que, los grupos de artistas y arquitectos de antaño como los de hoy han pertenecido siempre a las élites y son parte del pillaje de los recursos estatales.

Así, el pabellón como figura de arte del capitalismo industrial y del arte global capitalista postpandémico ha representado y representa “una entidad nacional con un pasado glorioso pero dispuesta a ajustarse a los dictados del nacionalismo cosmopolita y ansiosa por unirse a la economía internacional”[2]. Esta es una premisa tanto de los arquitectos y artistas porfiristas como para los integrantes del autollamado Taller Chapultepec en nuestros días. Unos y otros han sido propagandistas del poder en turno. Los actuales Limantour del Bosque tienen en el arquitecto Jorge Gamboa de Buen a uno de sus máximos representantes. El ex funcionario de SEDUVI,es ahora ejecutivo de la Inmobiliaria DANHOS e impulsor de la malograda Torre Bicentenario/Zara, quien cínicamente ha escrito que “Sin entrar en el debate de si es correcto invertir en Chapultepec a costa de los recursos de muchas instituciones culturales o de otros proyectos, es claro que resulta relevante tener un plan maestro para el mayor parque urbano. Como dijo Gabriel Orozco el eminente artista contemporáneo, encargado del ambicioso plan, un parque no se termina en un plazo definido. Afortunadamente el crecimiento de los árboles no se ciñe a las fechas de inauguración dictadas por los políticos.”[3] La cita del arquitecto Gamboa de Buen, significa en la realidad que el desarrollo inmobiliario es un mal necesario que tiende a la domesticación de la naturaleza y deja ver el inmenso desprecio por la vida de artistas, investigadores y trabajadores de la cultura que hoy carecen de recursos para sobrevivir. El fantasma de Limantour ronda en el bosque.

La cuestión actual, es que la aspiración por domesticar la “salvaje naturaleza” del bosque es totalmente tardía, ecocida y nostálgica. Tardía porque el concepto de Gabriel Orozco y sus amigos ya no opera en las actuales circunstancias globales puesto que la pandemia está transformando las formas de comunicar, exponer y vender obra. Las bienales ya no serán presenciales durante un buen tiempo y los espectáculos masivos tampoco; en cambio, la convivencia con la naturaleza trazará el retorno al campo. Es nostálgica porque se traza sobre el imaginario de una modernidad pasada, a-sincrónica, fuera de tiempo, aristocrática y neoliberal. La propuesta de Gabriel Orozco y sus amigos acomodaticios esta rebasada; la escenificación de lo no vivido y sus pabellones no se adaptan a los nuevos tiempos que exigen la NO intervención colonizadora de los bosques.

A principios del siglo pasado, en Chapultepec se exaltaba el pasado prehispánico y al mismo tiempo se requería la implementación de proyectos contemporáneos. Prueba de ello fue el proyecto de una instalación-escultura a la entrada del Castillo de Chapultepec donde se ubica el elevador, diseñado por Jesús F. Contreras, el mismo artista que diseñó el “Pabellón Azteca” que representó a México en la exposición mundial parisina.

Aquí, una coincidencia más. El escultor Jesús F. Contreras nieto de José María Chávez quien fue gobernador de Aguascalientes y pertenecía a la elite en turno sigue siendo un signo inequívoco de patrimonialismo de las elites criollas. El joven Contreras obtuvo de manera directa apoyo de Porfirio Díaz para participar en la fundición de las esculturas del Monumento a Cuauhtémoc y la realización de veinte esculturas en bronce del Paseo de la Reforma.  Un artista del Porfiriato, al servicio de la construcción de una memoria patriótica escenificada sobre el espacio público.

Chapultepec en aquellos años como en los actuales se presta para ser intervenido como lugar memoria. La memoria de un grupo: el cartel del arte y los arquitectos contemporáneos que pretenden imponer su visión además de saquear los recursos públicos en tiempos donde la salud, la cultura y el bosque vivo son prioritarios para dar oxígeno necesario a la calidad de vida de los mexicanos. Por donde se vea, Limantour y Oroxxxo asfixian la cultura, la naturaleza y a los habitantes de la ciudad de México.

[1] Bolívar, Moguel, Clara. “Chapultepec: Paseo de fin de siglo. Un paseo decimonónico”. Tesis para obtener grado de Maestría. UIA. 2013. México.

[2] Bolívar, Moguel, Clara. “Chapultepec: Paseo de fin de siglo. Un paseo decimonónico”. Tesis para obtener grado de Maestría. UIA. 2013. México. En Pág. 59.

[3] https://realestatemarket.com.mx/noticias/31817-chapultepec