Pablo Gaytán Santiago[1]

 Sangriento jueves de corpus 1971

“Un grito rítmico nos cohesionaba y retumbaba con fuerza: ¡No queremos apertura, queremos Revolución!¡No queremos apertura, queremos Revolución!¡No queremos apertura queremos Revolución! La tumultuosa marcha avanzaba…al llegar a una esquina la marcha se detuvo. Más adelante una fila de granaderos bloqueaba el acceso de San Cosme… se detienen en la bocacalle de Amado Nervo… estudiantes del Politécnico, del Colegio de Ciencias y Humanidades de Azcapotzalco, de la Preparatoria Popular de Tacuba, una larga fila. De pronto un grupo armado con varas de bambú arribó corriendo por la bocacalle. Gritaban ¡Ché Ché Ché Guevara! ¡Ché Ché Ché Guevara! ¡Ché Ché Ché Guevara!, pero no lograron engañar a ninguno… la fila no se rompió, los estudiantes aguantaron y arremetieron contra los agresores…Volvieron a la carga los ´halcones´, pero esta vez respaldados por una descarga de gases lacrimógenos…algunos estaban armados con metralletas, fusiles automáticos M-1 e incluso M-16 y pistolas automáticas de diversos calibres. Comenzaron a caer compañeros. Muertos unos, otros heridos. Y entonces vino la dispersión: unos a la normal, otros al cine Cosmos, al Panteón Inglés. A cualquier edificio…Los ´halcones´ se entregaban a la persecución, a la masacre, a la caza de seres humanos y al saqueo y la destrucción, todo esto con la complacencia de los granaderos”[2].

En la noche de ese jueves, los medios de comunicación hacían malabares entre la desinformación y los desmentidos públicos acerca de la masacre. La matanza de 1971 transcurrió en medio de una Revolución Educativa que presidió Luis Echeverría Álvarez desde un estado social autoritario y feroz que consentía a los disciplinados y apaleaba a los desobedientes. Una masacre ejercida para marcar la existencia una corte represora en un ambiente de apertura democrática vertical teledirigida que incorporó a los damnificados económicos y disidentes al erario publico. La tragicomedia de la revolución mexicana aparece, una y otra vez, congelada precisamente en la escena donde se promete un cambio en el país con “beneficios para todos”.

Un día después

11 de junio de 1971, Distrito Federal. Este día, decenas de infantes se aglomeraron como cada mañana en la puerta de la primaria “Niños Héroes de Chapultepec”. Entre arrempujones, patadas, piquetes de ojos y demás, se escuchó un grito de practicantes magisteriales que se abría paso entre el desorden infantil: “ayer mataron otra vez a los estudiantes” ¡¡¡¡Shhhhh!!! Frente a la tensión, los niños ingresaron presurosos al patriótico centro disciplinario escolar: ¡Fiiiiirmes yaaaa! ¡flanco derechooo yaaa! Esa fue la primera que aquella voz clamó indignada frente a las acciones del estado social autoritario; una voz que se fue apagando con el despliegue de un cuerpo perceptual seducido por el colorido de las prendas indígenas y agregarse a las filas de los profesores hippies coyoacanenses para danzar al ritmo de jamaika-ska-ska y corear “Simpatía por el diablo”. Muchos jóvenes de la época se desvelaban escuchando “Vibraciones” en Radio Capital, estación donde muchos incorporaron el rock progresivo y el blues de la bruja cósmica a sus gustos musicales.

En ese periplo de éter radiofónico se unieron muchos jóvenes y chamacos de todos los estratos sociales. De día escuchaban estridencias siderales, y a la luz de la luna, entre aullidos de perros callejeros, oían ese rock progresivo que los ponían al día con las tendencias del momento como fue la trasmisión del festival Woodstock. Fueron tiempos donde muchos jóvenes vivenciaron la irrupción del “Avandarazo”, un concierto en el Estado de México que convocó a miles de jóvenes a vivir su propio festival con rockeros mexicanos. Y aunque muchos vivieron a distancia aquel histórico incidente musical, cabe recordar que el festival de Avándaro se volvió una especie de apagón cerebral tras la opresión cultural del gobierno del “desarrollo compartido” que prohibió las tocadas de rock en la capital y estados anexos mientras los intelectuales de la época cerraban filas en torno al señor presidente al grito de: ¡Echeverría o el fascismo! (Fernando Benítez, dixit).

Mientras las guitarras electro-ácidas desataban al máximo la imaginación y las percepciones de los jóvenes, el mundo cambiaba. En el barrio de Tepito ya se podían adquirir grabadoras y cintas para grabar directamente de la radio la música preferida del momento. Los chavos de los suburbios podían leer con atención las revistas “Pop” y “Dimensión” y en cada hojeada, cada uno de ellos iba imaginando a sus héroes musicales e impresionarse con los colores prendidos de la moda hippie cuando uno veía y escuchaba el conejo sicodélico de Jefeerson Airplaine. Las luces de neón pasaron a ser estroboscópicas y fue entonces cuando muchas cabezas desorientadas en la década del 70 empezaron a tejer sus propias huellas preceptúales, inquietudes políticas y posturas contraculturales.

Hablaré de lo que me toco vivir con la banda del barrio, con las “vocas” politécnicas y como universitario (UAM-X) de la generación post-68. Los protagonistas de esta época, siendo casi niños y más adelante jóvenes de los barrios y colonias populares escuchábamos con confusión las noticias que llegaban de la guerrilla y las expropiaciones bancarias. Fuimos aquellos que miramos o vivimos la onda xipiteca, aquellos que leíamos literatura de la onda y panfletos anarquistas. Fuimos quienes asistíamos a los hoyos funky en la periferia de la ciudad y quienes nos cuidábamos de no entrar a las filas de la traumada y ascendente generación del 68 que dejaron sin rumbo a las futuras generaciones al convertir sus discursos de izquierda en prácticas esquizofrénicas.

Una generación del des-encanto como la relata vivamente Agustín Ramos en sus novelas de los 70´s o como filosóficamente reflexiona Gerardo de la Concha en su novela Las Furias. Tiempos en donde observamos a los héroes juveniles del 68 sufrir la inmediatez de la derrota, verlos caer en los brazos de la Apertura Democrática del bonapartismo de Luis Echeverría y López Portillo. Los observamos durante la lenta disolución del Partido Comunista y los partidos socialistas satelitales cambiando de piel para transitar rápidamente a la democracia controlada del Partido Único y renunciar a la Dictadura del Proletariado para inscribirse en las elecciones controladas por el ogro filántropo.

La frase de John Lennon “el sueño ha terminado”, definió la hetero-subjetividad de quienes sobrevolaban los 12-16 años de edad quienes vivenciamos la acelerada crisis económica alguos años después. La energía deseante de este sector social fluía sin sueños ni encantos, pero si entregados al poder de la imaginación de ese entonces cuya máxima era vivir el aquí y ahora conviviendo con afinidades y prefiguraciones de algún grupo cultural, colectivo, círculo de estudios, pandilla, comuna o proyectos autogestionarios. Las iniciativas del “hazlo tu mismo” estaban sincronizadas con el naciente movimiento punk en otros lugares del mundo. Muchos jóvenes sintieron afinidades por esa juventud proletaria inglesa que vivía el autoritarismo estatal, la ruina económica y la terrible sensación de haber sido rebasados por el futuro.

Fue una búsqueda que coincidía con los flujos vitales de las nacientes organizaciones urbano-populares en la periferia de la metrópoli donde nuestras madres y padres conquistaban tierras urbanas para construir nuestro hábitat. Algunos padres fueron los últimos románticos que se negaron a afiliarse al partido rojo pasterizado de los 70´s.

Mi otro yo

Como integrante de esa oscura generación oscura en busca de libertad, me he empeñado en hacer otro relato de la historia ocurrida hace medio siglo. Así, la re-lectura de historias, recuerdos, relatos, teorías, investigaciones, películas, procesos artísticos realizadas de los 70´s dan la luz de la inmediatez de la época. Entre los libros que escudriñé está Pasaban en silencio nuestros dioses de Héctor Manjarrez, la historia de un círculo de jóvenes que viven el impacto simbólico a su machismo, asestado por mujeres feministas de la clase media ilustrada. Manjarrez describe con exactitud el ambiente rockero, el jazz y la música sudamericana, ésta última llegada de círculos urbanos tras la derrota del socialismo chileno y los golpes militares en el Cono Sur.

Son personajes letrados, hijos de una clase media boyante que pretenden llevar a cabo sus sueños pre-figurativos en una vida comunal. La acompañan interminables discusiones donde se debaten las nuevas liturgias, los desengaños y las pasiones que los llevan a enfrentar sus crisis de identidad. Los celos que subyacen en las profundidades de la psique; las grotescas filias con los partidos de izquierda y las ideas irremplazables de sus dioses teóricos, mueven irremediablemente sus contradicciones.

Son los días aciagos de la guerra sucia del estado mexicano contra los jóvenes que habían optado por la guerrilla. La referencia literaria de ese joven escritor xipiteca y marxista espartaquista en busca del amor libre, recupera en Pasaban en silencio nuestros dioses a José Revuelta cuando habla de que lo político es personal. Y es precisamente esta novela de Héctor Manjarrez la que me lleva a buscar intersecciones y paralelismo con otros sectores, segmentos, grupos, bandas, pandillas, colectivos y otros círculos de aquella generación que, por diversos senderos, habían elegido los territorios de la periferia. Estos grupos juveniles que deciden estar fuera de lugar y que buscan en la contracultura en los textos de literatura urbana o la lucha armada, la inconformidad creativa o la improvisación artística en un contexto donde la presencia del estado social autoritario atravesaba cuerpos y mentes. Un gobierno violento, opresivo y represivo en nombre de la “apertura democrática” y el “desarrollo compartido”.

El otro 71

Provenir de la periferia en los años 70´s, era hablar de la primera generación de jóvenes migrantes inscritos por primera vez en un CCH, preparatoria o vocacional; es también hablar de la emergencia de nuevos grupos culturales y de la formación de células propagandistas en apoyo a la guerrilla, pero también es hablar de los primeros fanzines anarquista-pandilleros en territorios populares suburbanos. Ahí donde las madres de familia comenzaron una especie de feminismo barrial al organizarse para legalizar la tierra urbana, la lucha por servicios públicos y la construcción –desafortunadamente pocas– de experiencias culturales con todo y casa de cultura. En esos territorios suburbanos se forjaron las primeras bandas de rock urbano popular que con harto ruido provocaron significaciones culturales que hoy día todavía son consumidas por muchos jóvenes que extrañan lo no vivido.

Digamos que la visión periférica esta muy alejada de la “pequebú” como se observa en la película El Bulto del extinto Gabriel Retes y muy separada del estereotipo de la sobreprotegida trabajadora doméstica que nos devuelve Carlos Cuarón en su película Roma. Este cineasta deja fuera de foco a los estudiantes de provincia, a los hijos de la clase obrera, a los jóvenes de barrio exterminados aquel 10 de junio de 1971. Recuperar otros literatos y cineastas que narran la historia de jóvenes barriales o provenientes de las colonias populares y submetropolitanas, mismos que recobran tanto la alegría como el desencanto, la contracultura y la persistencia libertaria de los 70´s es necesario, dado que consciente o inconscientemente muchas narrativas literarias y películas eliminan a ese “otro” y colocan como  único sujeto actuante a la clase media.

Más allá de esos ejercicios de celuloide que pretenden ser críticos, están las narrativas y grupos informales de cineastas opuestas a la apertura democrática y al desarrollo compartido cuya experiencia conjuga la topografía de formas y modos de sobrevivir en medio de la devaluación, la represión, la austeridad y la crisis económica. Si, mucha política en los 70´s con intelectuales, partidos socialistas y comunistas, y de una izquierda radical posa antes de entrar al redil del parlamento. Están también todos aquellos docentes de los centros de estudio cuyo compromiso fue con su ascenso social y no con las clases más desfavorecidas.

Ésta, es una historia que apenas se escribe en fragmentos, en retacerías frente a una historia hegemónica de la democracia reformista donde no se reconocen miles de jóvenes de aquella generación. La nuestra, es una historia vasta, una historia múltiple en varias capas transversales que incluso puede poner en duda conceptos preconcebidos como la contracultura, autonomía, izquierda, arte, feminismo, disidencia y movimientos urbano populares. Otra historia que nos pueda llevar a explicarnos de otra manera el presente a partir de esos movimientos del 70´s y hacer propuestas con otras categorías de análisis.

Dudas y cuestionamientos, auténticas lanzas de combate contracultural en momentos en que el Estado Social Autoritario, su ideología, sus redes imaginarias y discursos emergen sobre nuestras testas como nuevas formas de encajonarnos para legitimar a los nuevos dioses, a los nuevos zares del poder y sus instituciones disfrazadas de cambio.

Inmersos en ese ambiente, algunos saltamos de la imaginación infantil a la juvenil a través de la literatura y otros textos teóricos que a los que vienen de escasos recursos les cuesta doblemente digerir. Desertamos de las lecturas a ciegas del Quijote o las novelas del siglo de oro para escuchar las versiones orales que un buen maestro de español puede narrar en la secundaria para que educando entre al redil de la lectura. Gracias a ello encontramos un buen número de cuentos y novelas bien escritas por chavos de la onda originarios de las colonias Del Valle y la Narvarte, colonias clase media adyacentes a lo que llamo el ondodromo (eje urbano CU-Insurgentes-Zona Rosa).

La onda

Publicadas entre 1964 y 1971 la novelas y cuentos de la onda expresan la riqueza y la actitud de esa fracción generacional. Ahí están Los juegos de René Avilés Fabila; El vengador de Gerardo de la Torre –desde el barrio de Azcapotzalco y anexas-; La muchacha en el balcón de Juan Tovar; La condición de los Héroes de Roberto Páramo, Acto propiciatorio de Héctor Manjarrez; Un cadáver lleno de mundo de Jorge Aguilar Mora; Pasto Verde y Rey Criollo de Parménides García Saldaña; La tumba e Inventando que sueño de José Agustín; Gazapo y obsesivos días circulares de Gustavo Saénz Asimismo está la poesía de José Luis Benítez el «booker» y José Carlos Becerra. En todos ellos emerge el lenguaje popular juvenil importado de los barrios bajos a través de los hijos de las trabajadoras domésticas y los trabajadores de los barrios o los trabajadores de oficio quienes ofrecían sus servicios en las colonias de la clase media ilustrada. Una transmisión del lenguaje barriobajero que terminó por conquistar la palabra vedada; los deseos juveniles, la ruptura de los valores, el alejamiento de la pequeña burguesía conformista y una nueva sensibilidad a flor de piel que buscaba un lugar en el jardín de las delicias culturales.

De vuelta. Mediante editoriales como Joaquín Mortiz o Diógenes las ondas expansivas llegaban al barrio en donde los preadolescentes y adolescentes mas o menos leídos encontrábamos afinidades mientras nuestros carnales mayores nos enseñaban el caló urbano que después leímos literariamente en forma elaborada: frases, expresiones, albures y calambures. Tal vez estas expresiones no llegaban a convertirse en un lenguaje meramente ñero, pero era un auténtico escudo y puñal de la pandilla. Tal y como lo definió el master Parménides García Saldaña en su “Ruta de la Onda”. Parménides, este escritor desclasado de su propia clase “intermedia” como el mismo decía. Fue el quien llegó a bautizar a las tocadas de la periferia como “hoyo funky”, aquellas que se realizaban en bodegas y lugares abandonados de las colonias proles. Ahí, donde los jóvenes de la época ritualmente danzaban los fines de semana al ritmo de rock acido-urbano en medio de nubes canábicas y olores industriales.

Aunque la visión de aquel grupo de escritores que, en su mayoría, solo tenían en común haber sido becarios del centro Mexicano de Escritores creado por Alfonso Reyes y gestionado, entre otros, por el maestro Juan José Arreola. Y como siempre ocurre, el impacto de esa imaginación literaria, de recreación de mundos particulares y universales al mismo tiempo fue rápidamente incorporada por la industria editorial y que lentamente se fue filtrando a la cultura oficial. Pero antes de que eso ocurriera, ya habían infectado a un buen contingente de outsiders que buscaban salir de las jaulas de las lecturas de la secundaria y la prepa para leer la onda del «joven de la ciudad y de clase media (que) cobra carta de ciudadanía en la literatura mexicana, al trasladar el lenguaje desenfadado de otros jóvenes del mundo a la jerga citadina, alburera, del adolescente; al imprimirle un ritmo de música pop al idioma; al darle un nuevo sentido al humor – que puede provenir de Mad o del cine y la literatura norteamericanos -…»[3]. Se abren otros mundos donde estos escritores hablan de sus viajes por Europa, las formas de contacto telefónico, las grabadoras para portar tu propia música, sobre el ligue y las primeras experiencias de amor libre.

La escritura suburbana y el 10 de junio

Mientras tanto, del otro lado del río La Piedad- Viaducto Miguel Alemán, existían otros autores, quienes «le dan carta de naturalización» al lenguaje, los deseos y las inquietudes de quienes viven en las zonas de Azcapotzalco, Tepito, La Villa, Ciudad Neza, El centro de la ciudad o Zacatenco, es decir, a la literatura de la periferia en el centro. Estos autores discurren en sus novelas como auténticos gatos seductores al ritmo del Danzón, la música romántica, el bolero ranchero, el rock de vanguardia. Están al día las disquisiciones sobre la necesidad de ingresar a la universidad para movilizarse socialmente. Los obreros, pequeños comerciantes, los poetas malditos y muchos más hablan de las brigadas del sesentayocho y el momento de rememorar al otro sesentayocho. Toda una capa de marginales se incorporan para generar otra historia, entre ellos figuran: Gerardo de la Torre, Gonzalo Martre –el Fantomas citadino-, el incomprendido García Saldaña, Armando Ramírez y Agustín Ramos, entre otros.

Entonces la generación del desencanto barrial que ve y escucha al estudiante de la Facultad de Ciencias o Ciencias Políticas de la UNAM, en el militante radical de la Preparatoria Popular Tacuba, en voz del Gato de la Voca 5 o en el chavo provinciano que llega a estudiar, las historias de la masacre del 10 de junio 1971 ¿Revolución o Reforma?

A lo largo de la década del setenta, prosiguió la creación de literatura urbana, de barrio. Se puede citar a Armando Ramírez, su Chin Chin, el teporocho(1971), después vendrían otras crónicas y novelas sobre el alma barrial; Luis Carrión (1975), El infierno Por todos tan temido, convertida en una alucinante película antisiquiátrica; Gerardo de la Torre (1994), Los muchachos locos de aquel verano, para aquéllos buscadores de rolas obreras; Salazar Mallén(1974) La sangre fría, a propósito de la guerrilla urbana y sus deseos; Víctor Roura (1987) Polvos de la Urbe, sobre los deseos de un rockandrolero de la colonia Moctezuma; Agustín Ramos (1986) Al cielo Por asalto (1986); La vida no vale nada(1982); Ahora que me acuerdo (1984), un prolífico escritor de la zonas obscuras que brilla por su desencanto y prosa directa; Salvador Castañeda ¿Porqué no dijiste todo?(1980), para los que no conocen la literatura proveniente desde las entrañas de la guerrilla urbana; Pérez Arce (2012) Xalostoc(2012), el punto de vista de los militantes autónomos; García Saldaña En a ruta de la onda(1970), el maestrazo de la onda radical; Federico Arana Las Jiras(1973), la escritura de un maestro de la contracultura, la música y la ironía viva.

Estas son algunas obras contraculturales de la memoria suburbana. Pero ¿porque no hay mujeres escritoras o artistas? Sí las existían, pero en el lado obscuro de la periferia las circunstancias de las chavas son aún muy limitadas, pero poco a poco esa historia tendrá que salir a palestra. En otros ámbitos sociales y culturales, particularmente en el mundo del arte y el cine existían creadoras y artistas como la cineasta Rosa Martha Fernández; De todos modos Juan te Llamas; la activista Araceli Zuñiga y su colectivo La Perra Brava; el grupo Polvos de Gallina Negra de Maris Bustamante y la extinta videoartista Pola Weiss, tal vez la pionera del videoarte feminista de nuestro país. Entre la cultura barrial está Antonia Mora, quien escribió Del oficio, sus memorias como sexoservidora y es posible que más adelante aparezcan otros historias por contar.

El relato invisibilizado del 71

Agustín Ramos en Ahora que me acuerdo (1985), en las primeras páginas interpela al lector cuando cita Jean Baudrillard: “cuando lo real ya no es lo que era la nostalgia cobra todo su sentido”, el filósofo francés que tanto influyó a nuestra generación. Y es entonces que inicia la disección de Toño, Fabiola y Galo, entre otros personajes jóvenes universitarios, del politécnico o las preparatorias populares. Se trata de nómadas suburbanos que cotidianamente viajan del norte al centro y a Ciudad Universitaria quienes entre líos amorosos, carencias, miradas foráneas y sentimientos confundidos asisten a la asamblea del 10 de junio en la Escuela Superior de Economía en el Casco de Santo Tomás. Se encuentran los jóvenes dirigentes del PC y las bases del Politécnico y preparatorias populares quienes se han radicalizado y manifiestan un sí para la marcha de ese día por la tarde. Por su parte, los líderes del 68, de las facultades de ciencias políticas, filosofía y ciencias de la UNAM, explayan su rotundo NO a la marcha y los exhortan a seguir la vía parlamentaria para llegar al poder.

Estos encontrones entre “aperturos” y “radicales” se enfrentan cotidianamente. Los radicales y los locos de siempre demandan democratizar la enseñanza para que la educación llegue al pueblo, pues simplemente no están convencidos que la democratización y el parlamento fuera la vía del cambio social ni revolucionaria Remaban a contracorriente de la ideología dominante de la apertura y el desarrollo compartido y al grito “No queremos apertura queremos revolución” salieron a marchar ese 10 de junio. Para los habitantes del otro lado de la ciudad, la lucha era impulsar la apertura democrática.

Agustín Ramos relata en esta novela la vida paralela de un trío de estudiantes y un joven “halcón”. Recuerda: “Ni paz ni Guerra” como consigna; cómo los intelectuales apoyan a Echeverría; las notas cantadas por grupos musicales como los Nakos; las actuaciones político-teatrales de los Mascarones y los murales revolucionarios de José Hernández Delgadillo. Mención aparte merece José Revueltas quien se declaraba  “en contra del proyecto oficial de institucionalización de rebeldía y a favor de la democratización de las estructuras universitarias”. Ramos describe así el ambiente subterráneo que prevalecía en 1971 y que al mismo tiempo anuncia rupturas y boquetes culturales; digamos, que no había tiempo para atender los llamados a la responsabilidad de los intelectuales y activistas con collar de amo estatal. En ese momento la desobediencia manifestaba los deseos desencajados de una generación empujada al abismo del desencanto y se sentía saqueada ideológicamente. Al menos muchos de estos jóvenes estudiantes radicalizados equilibraban sus sentidos al escuchar rolas de Lou Reed, Black Sabbath, Yes, Igy Pop, David Bowie, entre otros ritmos prepunk y pre-metalero. ¿Les suena?

Agustín Ramos se pregunta ¿entonces qué camino escoger? ¿el camino del vértice de la pirámide? ¿escalar mediante el sindicato para la jubilación o la secretaria general del partido? ¿heroicidad guerrillera, la expropiación, la clandestinidad? Para muchos hubo otros caminos como el de la contracultura, el rock, la pandilla, el colectivo, el arte alternativo. El camino estaba entre quedar atorado o vivir la vida en plenitud con la liberación de los deseos. Ramos resumió como un zoológico político: “los batracios se iban a la clandestinidad a empollar guerrillas, los reptiles entraban a la dialéctica de la provocación, y los mamíferos al reformismo”.

Después del 10 de junio vendrían los años de la estridencia guerrillera y la guerra sucia del estado, las izquierdas partidistas, las deserciones culturales al folklorismo, las grandes marchas por el sindicalismo independiente, los primeros experimentos autogestivos junto a los emergentes grupos de afinidad libertaria. Así, lentamente en el imaginario desobediente de aquellos días surgió nuevamente la pregunta: ¿Reforma o Revolución?  En momentos donde la banda escuchaba a Tomás Mojarro en Radio Universidad o leía a Boogie el aceitoso en la revista Proceso o se imaginaba a lado de Asterix se responde seriamente: la revolución quedó atrás para ceder fanfarrias al reformismo. Los mamíferos al poder mientras tanto en el margen del margen marchaban los contingentes del FHAR, los grupos feministas, autogobierno de arquitectura, las madres en busca de sus hijos desaparecidos y las pandillas juveniles que tomarían la palabra en los medios de comunicación. La generación podrida arribaba con todo el sudor de la crisis, la austeridad, la represión y los desertores ideológicos que iniciaron discursivamente los grandes años de la sociedad civil.

“Por Revolución.
No, mejor por Reforma.
Como gustes, pero vamos ya.
¿Por Reforma o por Revolución?
No le sigas el juego…ya vamos.
Por eso pues, pero ¿Por Reforma o por Revolución?
Las dos vías están congestionadas por los dogmas,
por el miedo y la desesperación.
Es cierto.
Ni a cuál irle, carajo.
En efecto. Porque ya sabemos dónde acaban…”
(Ramos, Agustín,1985. Ahora que me acuerdo.)

 Medio siglo después.

[1] Doctor en Ciencias Sociales, maestro en Estudios Urbanos, Sociólogo, Creactivista y Documentalista

[2] Tirado, Manlio, Sierra, José Luis, Dávila, Gerardo(1971). El 10 de junio y la izquierda radical. Editorial Heterodoxia. México.

[3] Glantz, Margo. Onda y escritura en México: jóvenes de 20 a 33(1971).México, pág.13