Compartir

Hace varias semanas fui invitado por Eduardo Gómez a la presentación del video “México Capital Punk”, del cual es autor. Gustoso acepté la invitación ya que mi testimonio como realizador del documental “La década podrida” (1985-1995) esta incluido en el mencionado trabajo estudiantil. En días posteriores recibí la propaganda del evento, en donde además se anunciaba la platica “El punk: ayer y hoy”, la cita era para el día 28 de diciembre, día de “los santos inocentes”. Para reflexionar sobre el tema propuesto, además de conocer las entrevistas editadas que estructuran el video de Lalo Cráneo, me dí a la tarea de escribir un texto, -al que el lector puede acceder en este mismo sitio-, el cual leería el día del mencionado evento a realizarse en el bar Gato Calavera. Pero como ustedes saben, siempre hay imprevistos que afectan nuestros planes, y este fue el caso, no podría llegar al evento. Ante tal situación, me comuniqué con Lalo Cráneo para comentarle de mi ausencia e informarle que mi amiga gótica Mónica Martínez leería mi texto. Al final sucedió lo que sucedió; los coordinadores de la mesa no permitieron la lectura del texto, ya que “es muy largo” y debido a que “ no conocían del contenido del texto”. Para llenar el espacio vacío en el mencionado evento ya que varios amigos y discípulos me han preguntado sobre mi ausencia les comparto mi texto, así como la crónica de la mesa “El punk: ayer y hoy” escrita por Mónica Martínez. En espera de sus comentarios,

Pablo Gaytán,

Ciudad de México, invierno del 018

¿Qué es el punk en México?

Mónica Martínez Romero

Es la pregunta con la que comenzó una mesa de dialogo en el Gato Calavera, ¿Qué es el punk en México? Yo agregaría ¿en el 2017 o en el 2030? Y otra ¿cuánto tiempo más seguiremos preguntándonos que somos o a que pertenecemos, en que creemos?

La respuesta no la tengo, yo no poseo muchas respuestas que me gustaría tener, pero por fortuna siempre existen quienes no sólo tienen las respuestas, sino que sin vergüenza alguna las expresan, el toluco un punk de lo que llaman la vieja escuela, las tenía, -el punk no es agresión, el punk es unión, el punk no es racista, el punk no es violento, el punk, no debe ser machista. Y hasta hizo un reconocimiento especial a las chicas punks de antaño, las de su época, las de la periferia, las chavas banda-punk, les agradeció por ser valientes, por ponerse en medio de las madrizas, por curarles sus heridas, por acompañarlos a los toquines, por ser sus enfermeras, además reconoció el hecho de que una mujer haya sido la primera en usar mohicana.- No se que pensar, a mi no me gustaría ser recordada únicamente por eso, pero yo pertenezco a otra generación y nunca fui punk, los conocía, si, tenía amigos punk, yo vivía en la periferia también, yo pertenecía al grupo de chavos Góticos que se juntaban en el tianguis del chopo la gente nos decían Darks. Los punks de esa época nos decían hippies de negro, porque no dábamos portazos, no nos peleábamos, porque nos gustaba leer a Poe, a Maupassant a Wilde, porque la música que escuchábamos no tenia temas políticos, no íbamos a las marchas del 2 de Octubre, éramos apolíticos, nosotros vivíamos queriendo escapar del barrio y soñando en ser europeos y no de Ecatepec, Neza o cualquier otra periferia, queríamos ser condes o lords, pero éramos tan pobres y sin futuro como los punks.

Esa tarde del 28 de diciembre de 2017 en el Gato Calavera seguían discutiendo que era ser punk en la actualidad; ser punk es ser autogestivo, generar cooperativas, construir no destruir, ser buena onda, ser punk es tener un rumbo, ayudar a las viejitas a cruzar la calle ¿por qué no? ser punk es ser hipster o miembro de un colectivo artístico de clase media que junta firmas para la campaña Mari Chuy o ser prozapatista, ser punk es beber cerveza artesanal o ir por un pulque a la pulquería de Insurgentes, es ser autosustentable, no es joder al otro o al sistema es ser parte de él. Los punks y los Góticos que yo conocí la mayoría están muertos ya, otros son empleados o burócratas, uno que otro es judicial y algún perdido como yo, se cree mucho analizando lo que le paso a la gente de su generación y renegando de todo.

En mi generación también teníamos apodos como los tienen el toluco, el cabezón original, el ganso, la Zapa, los motes o apodos siempre me recuerdan la parte casi final de la película los Caifanes de Juan Ibañez, en donde el personaje de Enrique Álvarez Félix un Arquitecto blanco y de clase alta primero les habla en ingles a los prietos vagos malvivientes y después les dice “es muy fácil ser bravo cuando no se tiene nada que perder ustedes ni nombre tienen, ¿ustedes qué tienen? Mugrosos sin nombre”. Pues es cierto, siempre pensé que la contracultura era eso, atreverse a hacer todo, porque ya no se tenía nada que perder, yo quería divertirme, joder a los demás con mi apariencia, vagar, beber, odiar, pero esa tarde me pregunté ¿Qué es el punk en México? No se que sea, no se que no es, pero me aburrió mucho lo que vi, lo que escuché, ni siquiera había música de fondo, no decían groserías, eran tan políticamente correctos, eran incluyentes y feministos, eran tan progres, tan aburridos como el documental que se presentó, mas de una hora de entrevistas, que iba entre el recuerdo, el olvido y la anécdota mal editada, no tenia furia, no era rabioso, ni siquiera era incomodo, sólo aburrido, sólo anacrónico, no puedo decir más y me quedo pensando si alguna vez en 20 o 30 años nos preguntaremos ¿qué es ser reguetonero en México en una mesa de discusión?

Cuatro décadas de anarquismo suburpunk

Pablo Gaytán

Cuando los deseos se liberan en el fluir vital, el uno se encuentra con sus afinidades electivas. A cuarenta años de aproximarme al punk a través del ruido, las imágenes y las lecturas de la filosofía social anarquista persisten las aspiraciones que me impulsaron a negar el fastidioso desfile de masas guiadas por un líder, es el preciso instante en que la memoria me remite a una marcha conmemorativa de la masacre del dos de octubre de 1968. Imágenes en movimiento; el contingente desfila a un costado del Palacio de Bellas Artes, lo integran unos cuantos anarquistas; llevan al frente una manta en donde se lee “Las putas al poder, al cabo que sus hijos ya están allá. Muerte al gobierno. Viva la anarquía”. Efectivamente la manta no tenía la intensión de ofender a las dignas trabajadoras del sexo, sino de apuntar que la clase política estaba y está integrada por “hijos de puta” de todos los colores; priístas, panistas, nacionalistas revolucionarios y comunistas convertidos a la socialdemocracia, un collage ideológico que incubó la actual derechización gudalupana de los nietos de aquella clase política.

Era un contingente colocado al final de la marcha, al igual que los contingentes feminista, lésbico gay, pandilleros unificados en coordinadoras zonales y otros apátridas, desviados, violentos y locos sin lugar en la política estatista, pero sin la ambición de ocupar algún lugar en el poder o ser reconocidos por los medios oficiales. Unos cuantos que desafiaban la política cultural de la renovación moral de la tecnocracia que había capturado desde entonces el aparato estatal.

Esos contingentes marginales y auto-organizados en colectivos solo provocaban al poder y sus escuderos. Consciente o inconscientemente muy al estilo del movimiento Provo holandés, mediante la puesta en escena convocaban a liberar los deseos rebeldes de marginados, pandillas, profesionistas, obreros despedidos y estudiantes presos en las aulas, definidos en su conjunto como Provotariado por el filósofo holandés Roel van Duyn. La escenificación no era mas que una provocación.

Una actitud que pronto convergió con la provocación suburpunk, proveniente de los barrios submetropolitanos del Distrito Federal. Una provocación diseñada con telas deslavadas, estoperoles, mohicanos, chamarras de cuero agujerado, mezclilla rota y cuerpos perforados por la represión policíaca, la cual viajaba a la velocidad del Chimeco, las Ballenas, los Delfines o en el subterráneo naranja. Una provocación que hacía correr a la masa silenciosa en las estaciones del metro y los paraderos de los

1

autobuses cada vez que el contingente-erizo-suburbano se trasladaba al ritual slamero de fin de semana en alguna colonia o barrio submetropolitano. Un puerco espín rebelde sin cabeza pero muy picudo que además tenía que confrontarse o negociar con las pandillas del barrio.

En ese nomadismo suburbano, si ustedes quieren, deriva post-situacionista que diseñaba nuevos senderos urbanos al buscar la tocada, o creaba nuevas paradas de autobús en los lugares menos pensados; el nómada imaginó y creó territorio. El suburpunk fue el habitante efímero de la tierra baldía de algún pueblo originario o colonia popular allá en Ecatepunk, Nezayork, Santafas, Xochihiuston o Iztapapunk, lugares efímeros en donde el suburpunk y el anarquista de barrio podían intercambiar ideas y beber neutle a la salud de Diógenes, Bakunin o Flores Magón. Intercambiar fanzines, hablar de las tendencias punks mas allá del hardcore o simplemente hermanarse a través de afinidades electivas, mientras al caer la tarde la naciente luna sonreía al personal a través la cortina de nopal, que al mismo tiempo iluminaba el Slam envuelto en una nube de polvo. Un Slam colectivo, que de vez en cuando se transformaba en una esfera transparente debido a la fuerza desviante de un acto Panicore, estético y pensante de alguna banda que emergía para ofrecer más que aullidos contra el Estado. Un baldío, una explanada, un patio, un departamento de dizque interés social, en donde la sombras embriagadas de ideas, vida, deseos parían a las futuras generaciones suburpunk, anarco- suburpunk y anexas.

Estos rituales profanos suburpunks desde entonces se alzaban contra la realidad inmediata de la miseria impuesta, la crisis y el orden neoliberal, atreviéndose a ser uno mismo frente a la antifrasis social. Buscaban dar sentido a la existencia mas allá de la familia, la escuela, el trabajo asalariado, al futuro impuesto del deber ser obrero o trabajador precario. En ese nomadismo suburbano reconocieron filias que le permitían al uno y al otro reconocerse, para coincidir en la lucha social y callejera con el fin de ser considerados y tratados dignamente como hombres y mujeres libres.

Aquellos taquines fueron encuentros de filias, en donde se afinaban estridentemente los lazos que unen los afectos y la valoración recíprocas, con el fin de ser realizados plenamente en la igualdad que, practicada en el espacio común significa el ejercicio de la libertad como expresión máxima de la autonomía individual y colectiva. Estridencia suburpunk y afinidad prefigurativa de la sociedad deseada por el anarquismo.

Para estos locos anarquistas suburpunks la libertad siempre ha sido impensable sin la igualdad y la justicia. Particularmente en tiempos del dominio de su majestad el

2

mercado y de un hetero-capitalismo que atenta contra todo signo de vida que crezca por fuera de sus fanáticos tentáculos. Estas son las razones suficientes por las que el anarquista suburpunk ha proseguido visible o invisible desde los bordes, fuera de la mirada de la maquina de guerra del poder hetero-capitalista, siempre en la lucha por la defensa de la vida misma. Ello significa que el anarquista suburpunk, mas allá de su edad, no importa si es un infante, un joven, un adulto o un veterano, deserta rabiosamente, porque es una necesidad vital para emanciparse cotidianamente através de una lucha callejera, de la revelación de la verdad sobre las cosas no dichas, y en franca rebeldía en pos de la libertad que haga de los individuos indivisibles en proyecto prefiguaritvos de la anarquía.

Para quienes hemos transitado desde nuestras individualidades en las nómadas fuerzas de la deserción social sabemos que esa idea es un tanto difícil de realizar ya que actualmente el pensar y actuar creactivamente están desprestigiados frente a la vida práctica impuesta por el mercado. Tal vez ese sea el mejor estímulo; saber que en el desierto del pensamiento y el hacer se está solo pero acompañado por otras individualidades que gritan al otro lado de la realidad circundante.

Por esa razón la voluntad del anarquista suburpunk rema a contracorriente de la desafección intelectual de otras individualidades y colectivos; así, el creactivismo anarquista suburpunk de las individualidades pertenecientes a mi generación, a pesar de que nuestros cuerpos no son los mismos seguimos aferrados a no dejarnos engullir por la pereza ni mucho menos por el cansancio. Vivimos a como dé lugar en un mundo que nos plantea que no hay mas lugar para nosotros a pesar de haber practicado nuestra libertad en un mundo devastado por el poder y la miseria. Así, para mi generación, la filosofía anarquista suburpunk no es otra cosa que una ética del disenso, del hombre rebelde, que promueve un estado de ánimo de la indignación, la cual constituye la primera emoción política de los philoi, es decir, la filosofía como una máquina de pensamiento que conducida éticamente nos traslada por fuera del rebaño de los dividuos.

Hay que seguir siendo suburpunk junto con las jóvenes generaciones que están allí formándose en el Slam escenificado en el baldío suburbano. Sea así o no, la tragedia y el drama sociales, los maestros dispersos que deambulamos con nuestra memoria y nuestra experiencia a cuestas, corriendo para que a su vez la media década de vida no nos rebase, enfocamos nuestra energía al Slam filosófico, al pensamiento que lucha para seguir viviendo, siendo sí mismo, estar siendo cada vez UNO con mayúsculas entre las

3

hordas que ahora se disponen a apalearse en nombre de algún líder, en nombre de una consigna, una insignia, una iglesia, un programa, un lugar cerca del caudillo de su preferencia, mientras tanto, nosotros, como decía mi padre, un indígena mixteco, hijo del pueblo de la lluvia; “nos negamos a tener jefes y obedecer patrones” y odiando sobre todo a los “hijos de puta” que siguen en el poder.

¡Contra la autoridad y el capital! ¡Salud, buen humor y larga vida!

Pablo Gaytán

No hay comentarios